
Sobre la mujer, el hilo plateado de la luna, la pequeña hoz como salida de su pensamiento. El horizonte que arde. La tierra negra cuesta abajo y la tosca zarza rompiendo el cielo de luz. Es hermosa la fotografía. Hay en ella una delicia de las mil una y noches, del desierto bárbaro y sediento, tan bello a los ojos como cruel. Del atardecer de los dioses incendiados. La mujer mira a lo lejos, erguida, envuelta en sus telas, tierra negra, silueta negra. ¿Qué lugares ve desde la cumbre, bajo ese cielo de hogueras y el filo de la diminuta luna creciente? ¿Alcanza a descifrar el mar a lo lejos? ¿Mira un sueño o una realidad? ¿Piensa en gansos y bendiciones y jardines? ¿En lluvias anchas sobre la escarpada costa? ¿Es feliz? ¿Quiere desandar el camino o continuará, paso a paso, hacia lo que los ojos alcanzan sin detenerse a mirar atrás? El corazón le tiembla. Oh, sí, el corazón le tiembla, pero no la voluntad. Caminará cada vez más adentro del mundo, más adentro de la noche del mundo y la luna le guía. Y es suya la tierra, y quiere parir, cocinar, desnudarse en ella. Cubrir su cuerpo. Apoyar la cabeza en el apagado murmullo del mar, animal que respira, y abajo, muy abajo, volverse silencio.
Mónica Rodríguez






