HORIZONTES

El desierto es adversario y cómplice del beduino. La pareja de la foto ha ascendido lo alto de una duna en un paisaje que muestra la cara más amable y más prometedora del desierto, bajo un cielo que guarda todos sus secretos y, a la vez, los expande para que todos los conozcamos. Él y ella miran al objetivo de una cámara, que no se ve, pero no han subido para fotografiarse. Además de que para que la brisa de la libertad ambiental acaricie la piel de su rostro, se proponen dirigir sus miradas a lo lejos, a la lejanía que la altura de la duna les ofrece, y poner sus ojos en horizonte, por ver, si más allá, es verdad que se halla un mundo que les pertenece, sin haber llegado a conocerlo hasta ahora. Pero, como en el mar, también en el desierto el horizonte siempre está un poco más allá, por más que se avance o más alto que se llegue, así como los espejismos se difuminan, cuando parece que se tienen más a mano. No, no ven más allá del horizonte que más horizonte. Entonces, ella le recuerda a él que el poeta enseña que el verdadero horizonte no está “ahí”, ni lejos ni cerca, que se levanta y se extiende dentro, entre los pliegues del alma. Cierran los ojos y se dicen, bajito, lo que ven, los dos lo mismo, aquello de lo que les vienen hablando desde su infancia, la realidad de una vida con justicia y en libertad, que les fue arrebatada a sus mayores y que aún no han recuperado, 50 años después. Y lo ven con la claridad con la que la luz del día ilumina la dura belleza del desierto. Abren los ojos, ya no miran a lo lejos, se miran, callados, y ven en sus miradas las chispas del calor, no ya del sol, sino del sueño que una vez más se ha encendido en lo hondo de sus corazones, sueño que renovarán, cuando decidan subir otro día la duna con toda la carga de su sueño a cuestas. Atrás dejan las huellas, que borrará el viento, como las olas borran las estelas en el mar. Quizá la duna también sea otra, movida esta por el viento. El sueño, el mismo.

Cuando desciendan y regresen a su jaima en el vehículo que les ha traído y les espera abajo, quizá les reciba, en el pico del su mástil principal, un bubisher. Y, entonces…

Fernando Llorente

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