
Crecen los tallos espigados hacia el azul que asoma en la cima de la foto. Las verdes hojas detrás de las chicas se elevan y doblan en la palma suave de una brisa que presentimos. Y ellas, las dos muchachas, leen. «Si tienes un jardín y una biblioteca, tienes todo lo que necesitas» , dijo Cicerón hace más de dos mil años. Pero no es cierto, estas dos mujeres necesitan una patria. Les falta la tierra que les arrebataron, les falta el mar. En cuanto levanten los ojos del libro y salgan del jardín de la biblioteca Bubisher solo encontrarán piedra y arena. Una nada rebosante de luz, las huellas de las cabras que rumian restos de patatas peladas. Sol en trozos, casas de adobe y jaimas y más arena; el horizonte llano donde la vista se precipita por el vacío. Viven de la ayuda internacional y no pueden salir de ese desierto, que es su mal llamado refugio. Y, sin embargo, es cierto lo que susurra Cicerón contra el tiempo. Mientras están en el jardín y en el libro, mientras el aire les lleve el aroma vegetal y su alma esté en los confines de lo escrito, no necesitan nada más. Después, se levantarán despacio e irán a hacer las labores del día, hablarán con otros saharauis, mirarán esos horizontes pedregosos e infinitos y la tierra pobre de la hamada, pero ellas serán ricas. Estarán colmadas de los dones de los libros, de esa savia que crece ahora por sus venas para hacerlas más prósperas y sabias. Y tal vez en sus palabras encuentren la fuerza para seguir reclamando lo que les pertenece.
Mónica Rofríguez






