RECUERDOS DE UN MAESTRO DE LA ESCUELA NÓMADA Nº 4

Cuando el avión tomó tierra en la pista, a la vez que sentía un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo para ubicarse en la zona del estómago, me subió a la boca ese sabor metálico característico que precede a la primera toma de contacto con lo desconocido. Estaba tan anonadado, tan confuso, que mi compañero de viaje tuvo que darme un ligero codazo para que me pusiera en marcha y procediéramos a coger nuestro equipaje de mano y a abandonar el avión. La toma de contacto con el exterior fue de las que no se olvidan. Empecé a sentir cierta desorientación desde el momento en que me asomé a la puerta del aparato, allí, en lo alto de la escalerilla. Todo, allá fuera, era de un color amarillo, como nunca había visto otro igual y la luz del día resultaba torturadora, incluso, inhumana. Hacía daño. Pensamientos contradictorios no paraban de asaltarme al tiempo que descendía por la escalerilla. No era que me había fatigado el viaje desde Madrid, vía Las Palmas, no, eso no, desde luego. Creo que el malestar y el estremecimiento habían empezado en el mismo momento en que el avión dejaba el Atlántico, con sus aguas azuladas, y comenzaba a sobrevolar el desierto. Aquella aridez, aquel amarillo rabioso de la arena, y aquella luz, aquella luz hería tanto los ojos como cuando alguien en plena oscuridad de la noche enciende una cerilla. Esa ceguera momentánea que produce el fósforo era la sensación que me produjo la visión del desierto desde arriba. Descendí hasta la misma pista sin dejar de mirar a derecha e izquierda. Todo era, a mi parecer, tan turbador, tan desconcertante, tan inquietante, en suma, que caminaba como un autómata. La azafata, al frente, nos guió hasta las instalaciones del aeropuerto, que se me antojaron de chapa, al menos las paredes y el techo no parecían ser de mampostería. Sí, aquello era una especie de chapa ondulada, como el fuselaje de aquellos aviones de la guerra, pero chapa, al fin y al cabo. Una vez dentro del aeropuerto, el calor era más insoportable que fuera, que ya es decir. El personal del aeropuerto me pareció de lo más extraño, tanto por sus vestimentas como por sus características fisonómicas. Pero sorprendentemente se dirigían a nosotros, los pasajeros, en español. Empezaba a tomar contacto con un mundo y una cultura que no dejarían de sorprenderme durante los primeros meses de mi estancia en aquel territorio. Era el comienzo.

Todo empezó meses atrás cuando una compañera me lo propuso y dije que sí. En realidad, no sé por qué dije que sí. Ella, la compañera, lo había leído en el BOE y sin más dilación me lo espetó a bocajarro: “Han salido plazas para el Sáhara, ¿te interesan?” Dicho y hecho, con la poca reflexión que dan los pocos años, me embarqué en aquella aventura sin encomendarme ni a dios ni al diablo. Si quería un adelanto para comprar el billete para El Aaiún, tenía que ir a Madrid y allí, en Presidencia del Gobierno, me lo proporcionarían. Así que desde Madrid, vía Las Palmas, volé hasta El Aaiún. Curiosamente, era el 14 de febrero, día de San Valentín, de 1970, cuando, con 24 años, puse pie en aquel territorio administrado por España. Si en Madrid había dejado un día de febrero frío, lluvioso y nublado, El Aaiún me recibió con un calor y un sol rabiosos. Había pasado de una estación a otra en escasas horas. Todo un récord.

Después de estar unos días en El Aaiún para habituarnos al territorio, cada uno de nosotros –éramos, creo, 29– fue enviado a su destino. Unos quedaron en el mismo Aaiún, y por el norte del territorio, otros fueron al sur: uno a Villa Cisneros, y el resto fue distribuido por el interior del desierto. Por el desierto puro y duro. A mí me destinaron a una Escuela Nómada, la número 4, que estaba ubicada en lo que llamaban Río de Oro, en una zona del desierto llamada “Sebja” Tennuaca. Lo curioso fue que para ir desde El Aaiún hasta Villa Cisneros, para después trasladarme por tierra, en Land Rover, a la Nómada, tuve que salir del Sáhara y volar a Las Palmas y desde allí volar hasta Villa Cisneros. Toda una odisea. Una vez en Villa, y presentado a las autoridades administrativas, se dispuso todo lo necesario para que me hiciera cargo de la Escuela Nómada número 4.

El día fijado para la marcha, muy de mañana para evitar las horas de calor, nos pusimos en camino en el Land Rover, conducido por un nativo llamado Güenna, que era yerno de uno de los Procuradores saharauis que se sentaban en las Cortes, de nombre Seila uld Abeida uld Sidi Ahmed. La Escuela Nómada estaba ubicada en el “frig” de su familia. El tercer pasajero era el compañero Antonio Muñoz Torremocha, paisano mío, que había hecho el viaje conmigo desde Madrid. Después de cruzar la zona conocida como el Arguerguer, de paisaje torturado y muy fragmentado, y de varias horas de desierto, llegamos al puesto de Bir Nazarán, puesto al mando del teniente Carballo, allí pasamos el fin de semana, y allí se quedaría mi compañero Antonio. Asimismo, en Bir Nazarán me estaba esperando Teófilo Hernández, el maestro que me haría la entrega de la Escuela Nómada. Mientras yo permanecí en Bir Nazarán aquel fin de semana, ‘recuperándome’ del viaje desde Villa Cisneros, Teófilo se llegó a la Nómada un día antes, con Güenna como conductor del Land Rover, para ultimar la entrega. Recuerdo, a pesar de los cincuenta años transcurridos desde entonces, que quien me llevó al lugar en donde estaba ubicada la escuela, la sebja Tennuaca, era un nativo desconocido para mí, al que ya no volvería a ver nunca más. Así encaré el final de mi viaje hacia la Escuela Nómada número 4.

Lo que me encontré, y me entregó Teófilo, fue desolador, pues días atrás un siroco, viento característico del desierto, había arruinado las tres tiendas de la Escuela. Estas consistían en una grande, que hacía las veces de escuela, con sus mesas, sillas y pizarras, y otras dos más pequeñas: una para la cocina con todo su equipamiento, frigorífico a gas butano incluido, y la otra en donde dormía el personal subalterno, con sus literas. Las tiendas estaban bajadas y tapaban los enseres que habitualmente solían contener. En una semana todo aquello estuvo listo y pude empezar a impartir regularmente mis clases. Conforme pasaba el tiempo fui haciéndome a la vida del desierto, y, sobre todo, a la soledad. Hice de la rutina una forma de vida, y al caer la tarde, a partir de las cuatro, hora del territorio, la voz dulce, fresca y juvenil de Marinieves Romero me llegaba a través de Radio Nacional de España, con su programa “Para vosotros, jóvenes”. Han pasado cincuenta años y aún la recuerdo con agrado y con cierta nostalgia. Y después, a las 7.30, con “Radiogaceta de los deportes”, era Juan Manuel Gozalo quien me ponía al día en el mundo del deporte. Las voces de ambos me unían, a través del éter, con mi mundo tan lejano. Eso sí, mi cariño para ambos, ya fallecidos, para Marinieves Romero y para Juan Manuel Gozalo.

Había, en aquel momento, otras tres Escuelas Nómadas en todo el territorio, pero estaban en el norte, y la mía, la Nómada nº 4, se encontraba en el sur, en la citada sebja Tennuaca. Geológicamente, una sebja es una depresión del terreno cuyo fondo, siempre salino, está normalmente por debajo del nivel del mar. Esta escuela había sido solicitada por el chej Seila uld Abeida uld Sidi Ahmed, Procurador en las Cortes de aquel tiempo y Presidente del Cabildo Provincial del Sáhara para que se instalara en el frig (conjunto de jaimas) de su familia. Seila pertenecía la tribu de Erguibat. Un chej era un personaje notable integrado en el organigrama político de la provincia del Sáhara. Seila era un tipo alto, delgado, más bien enjuto, de pelo blanco, de cara morena y facciones amables, de maneras suaves y de hablar cortés y quedo.

Como su nombre indica, las Escuelas Nómadas se movían en función de que llegasen noticias –lajbar, en idioma hasanía– de que había llovido en algún paraje del desierto –por eso los saharauis son conocidos como hijos de la nube–, entonces, como sucedió un par de veces durante mi estancia en la Nómada 4, se desmantelaba el frig y se cargaban jaimas y enseres en los dromedarios (mal llamados camellos, pero la costumbre los denomina así) y en los Land Rover. Y se ponía rumbo a ese lugar de donde habían llegado noticias de que había caído abundante lluvia. El personal del frig, hombres, mujeres y niños se desplazaban, asimismo, en camellos y en los Land Rover. Días antes de comenzar el desmantelamiento y el desplazamiento del frig, era preciso trasladarse al puesto militar más cercano –en el caso de la Nómada nº 4 era Bir Nazarán– para que por radio solicitaran al Servicio de Enseñanza de Villa Cisneros el envío de un camión para poder subir la roulotte a su caja y así poder transportarla al lugar del nuevo asentamiento del frig. Asimismo, la tienda de la escuela, la de la cocina y la del personal auxiliar, todas, con sus enseres, se cargaban en el camión adonde se había subido la roulotte. El desmantelamiento del frig, su carga en camellos y en Land Rover, empezaba muy temprano, apenas rayaba el día de modo que hubiera suficiente luz solar al llegar al lugar elegido, descargar y preparar el indispensable habitáculo para pasar la noche. Si daba tiempo, se levantaban algunas jaimas, caso contrario, se montaban lo que ellos llamaban venias, que no eran otra cosa que tiendas hechas de tela blanca. Las jaimas estaban confeccionadas con pelo de camello muy tupido, elaborado y trenzado pacientemente por las mujeres. Todos los demás enseres se descargaban y se dejaban en el suelo para levantar en condiciones el frig al día siguiente. Algo similar sucedía con los enseres de la Escuela Nómada. Se descargaba del camión la caravana o roulotte, se montaba apresuradamente la tienda de los auxiliares con sus respectivas camas, y, a continuación, el cocinero nos preparaba una cena frugal para todos, incluidos los dos conductores del camión (que pasaban la noche en él).

Durante el tiempo que permanecí en la Escuela Nómada nº 4, nos mudamos un par de veces hacia lugares llamados Tiznif el Jadra y Tiznif el Beida, situados algo más al sur de la sebja Tennuaca. A medio camino entre Bir Nazaran y Auserd. Resulta curioso que el primitivo asentamiento de la Escuela Nómada nº 4, la sebja Tennuaca, coincidía exactamente con el Trópico de Cáncer, paralelo geográfico al norte del Ecuador.

La Escuela Nómada nº 4 constaba, ya se ha dicho, de una caravana, que era la vivienda del maestro, una tienda grande que servía de aula y de comedor, con mesas, sillas de tijeras y un par de pizarras, apoyadas en un trípode. Una tienda mas pequeña, que hacía las veces de cocina, equipada con todo lo necesario, incluso con un frigorífico alimentado mediante gas butano, y otra de igual tamaño que la de la cocina, equipada con tres camas desmontables, que servía de vivienda y dormitorio al personal auxiliar. Personal auxiliar formado por Jalifa, cocinero, ya de cierta edad; el joven Hasenna, instruido y capaz de hablar un correcto español, como profesor de árabe y de Corán, y el pinche, natural de Atar, Mauritania, que hablaba un precario castellano y sí francés, cuyo nombre lamentablemente he olvidado. Algún fin de semana me solicitaba permiso para desplazarse a la citada Atar y cuando volvía solía obsequiarme con racimos de sabrosísimos dátiles. Los mejores que he probado nunca. Por último, el equipo de la Escuela Nómada nº 4 se completaba con Güenna, el conductor del Land Rover, asignado a la escuela, de matrícula GSH-361. En algún otro lugar he escrito que Güenna era yerno de Seila y, por tanto, vivía en el frig, en su jaima, con su esposa. Güenna era capaz de hacerse entender en un buen español, pues ya habían pasado por la Nómada nº 4, antes de mi llegada, dos maestros, Cayo Hernández Orden, natural de Soria, y el citado Teófilo Hernández Sánchez, de Madrid.

El alumnado era mixto, alrededor de unos veinte o venticinco alumnos de edades comprendidas entre los siete años y los doce o trece, con conocimientos muy precarios, en la mayoria del alumnado, del español y de las materias instrumentales. La escuela carecía por completo de material pedagógico, eso sí, la buena voluntad, la creatividad y la habilidad del maestro habrían de suplir esa carencia. El mundo que se ofrecía en los libros de lectoescritura de las editoriales españolas no les decía nada en absoluto a aquellos alumnos. La Ley de Educación de 1970 había introducido en las escuelas de la metrópoli nuevos métodos de lectoescritura, métodos basados en la palabra y su introducción en frases y oraciones. Todo ello era de imposible aplicación literal tal y como se hacía en las escuelas españolas. Así que había que dibujar en el encerado animales, plantas y enseres de su mundo con sus nombres respectivos y situarlos en oraciones y frases. Solía hacer una lectura colectiva por grupos, según edades, y después una lectura individual. Y muestras caligráficas y pequeños dictados alusivos a las palabras de la lectura. Como apoyo usaba algún libro de lectoescritura de la editorial Álvarez. A esto había que añadir numeración, escritura de cantidades y operaciones sencillas de sumas y restas. Y poco más daba de sí aquella Escuela Nómada. El horario se flexibilizaba según fueran acercándose los meses de más calor. Normalmente, se adelantaba una hora la entrada a las clases. Cuando el calor apretaba, el desayuno era a las 7:30, las clases comenzaban a las 8 y la comida a las 12, y, acto seguido, se daba por finalizada la jornada escolar del día. La merienda se servía a eso de las cinco.

Aparte de la labor de enseñanza, hay que hacer referencia a la labor asistencial de la escuela, consistente, como ha quedado reflejado, en ofrecer desayuno, almuerzo y merienda. No solo alimentos, sino enseñanza de modos culturales al tomar asiento, utilizar correctamente los cubiertos y, sobre todo, higiene, que era muy difícil de conseguir en aquel contexto desértico y árido, con, obviamente, escasez de agua. No pocos de ellos iban descalzos.

La intendencia de la escuela se hacía en los economatos militares de los diferentes puestos, según la Nómada estuviese más cerca de Bir Nazarán o de Auserd. No había que abonar nada, los economatos pasaban los cargos al Servicio de Enseñanza de Villa Cisneros. Cuando había matanza, bien de camellos o de borregos o de cabras, comprábamos la carne en grandes cantidades (para almacenarla en el congelador del frigorífico) al matarife del frig, al que yo le firmaba un vale por la cantidad que fuese, cantidad que el oficial del puesto le abonaba. Legumbres, patatas, arroz, macarrones, carne, bien en lata o fresca, atún en lata, huevos, piña o melocotón en conserva, formaban la dieta de nuestros alumnos, y cuando llegaba cada sábado el avión desde Villa Cisneros a Bir Nazarán o a Auserd, nos traía una pequeña caja de fruta fresca que nos duraba tan solo un par de días.

Como ha quedado reflejado más arriba, el maestro de la Escuela Nómada había de enfrentarse a la soledad. Eras tú y tu ‘mismidad’. Tenías que hacer de la rutina una forma de vida. Así, en mi caso, aparte de sintonizar los programas que emitía Radio Nacional de España, a través de su emisora en Las Palmas –como ya se ha indicado, el Programa musical “Para vosotros, jóvenes”, de Marinieves Romero y “Radiogaceta de los deportes”, de Juan Manuel Gozalo–, entrada bien la noche solía conectar el dial del transistor con Radio Praga y Radio Moscú –ambas se sintonizaban limpiamente en mitad del desierto– para escuchar sus programas en lengua española. Y en la única librería que había en Villa Cisneros me hice con una docena de volúmenes de la colección Reno, de la editorial Plaza y Janés, a 50 pts. cada uno, de autores muy populares en aquellos días: Maxence Van der Meersch, Vicky Baum, W. Somerset Maugham, J. Wasserman, J. M. Gironella, Frank Yerby, W. Saroyan, Lajos Zilahy y otros. Asimismo, en la misma librería, adquirí un Corán (aún lo conservo), de la editorial Planeta, con traducción, introducción y notas del catedrático de Lengua Árabe de la Universidad de Barcelona Juan Vernet.

Algunos domingos le pedía a Güenna, el conductor asignado a la Escuela Nómada, que me llevara a algún sitio en donde hubiera algo digno de verse. Así, en una de aquellas salidas me llevó a un lugar en donde puntas de flecha, raspadores, buriles y hachas prehistóricos estaban diseminados por el suelo, cubiertos tan solo por una fina capa de arena, bastaba hurgar con el pie para que aparecieran a la vista del sorprendido buscador. En otra ocasión, nos topamos, en nuestra correría, con unas jaimas, a las que nos acercamos y, cómo no, fuimos invitados a tomar el consabido té. Asimismo, nuestros anfitriones amasaron harina e hicieron una especie de torta redonda de unos treinta centimetros de diámetro y la colocaron en un hoyo excavado en la arena, encima de unas brasas, y cubrieron la masa con la propia arena del desierto. Pasado cierto tiempo, la extrajeron, le dieron la vuelta y la volvieron a colocar sobre las brasas, y, otra vez, la cubrieron con arena. Finalmente, cuando creyeron que ya estaba lista, la sacaron, le sacudieron la arena y nos dieron un trozo a Güenna y otro a mí. Lo untamos con una mantequilla hecha con leche de camella, y aquello resultó ser un manjar exquisito, como si hubiera sido el maná bíblico caído en pleno desierto.

En otra salida, observamos a lo lejos, en mitad de la nada, una tienda de las llamadas venia, medio caída. Intrigados por saber quién podría vivir en medio de aquella nada, nos acercamos y vimos que dentro de la venia se encontraba un individuo, que representaba cierta edad. Después de los saludos y presentaciones de rigor, hizo que nos sentáramos y, acto seguido, se dispuso a hacer té. No recuerdo exactamente de dónde venía ni adónde iba –han pasado ya cincuenta años de aquel hecho–, pero me dediqué a observar a aquel individuo mientras manipulaba para hacer el té. Cuando llegó el momento de endulzar la tetera, echó mano de un pilón de azúcar, con forma de tronco de cono, envuelto en un papel con el mismo color azul y la misma textura del que suele envolver el algodón que compramos en nuestras farmacias. Para golpear el pilón y extraer trozos, asió un objeto negro y de apariencia pesada. Para mi sorpresa, el objeto con que lo golpeaba era, ni más ni menos, un hacha prehistórica. Le dije a Güenna que le preguntara que en dónde la había encontrado. La había recogido del suelo en sus andanzas por el desierto, dijo. Como vio que yo demostraba un excesivo y sorprendente interés por el hacha, me la ofreció amablemente sin querer nada a cambio. He aquí otro gesto de la nunca bien ponderada amabilidad y acogida al extraño del pueblo saharaui. Como corolario de todas estas historias cabría traer aquí aquella sentencia de padre desconocido que dice así: “Cuando en el desierto te ofrezcan comida y bebida, come y bebe, pues no sabes cuando volverás a hacerlo”.

En otra oportunidad, Güenna me llevó a un lugar llamado Miyek, al sureste del Sáhara, muy cerca de la frontera occidental de Mauritania, en donde había un pozo de fábrica, construido por el Gobierno de la provincia de Sáhara. El pozo tenía un espléndido brocal de acaso dos metros de diámetro. De cada uno de los cuatro puntos cardinales del brocal del pozo salía un canal por donde discurría el agua sacada del pozo y vertida en ellos, y así podían abrevar varios camellos a la vez. Ni que decir tiene que allí había una actividad frenética, pues no demasiados nativos se ocupaban de rebaños de camellos que, entre todos ellos, sumarían algunos centenares. Muchos debían esperar varios días allí para dar de beber a su ganado. Entre el polvo que levantaban los animales, los bramidos, mugidos o berridos –comoquiera que se diga– de los camellos, el calor que hacía y el sol que caía inexorablemente, no resultaba muy grato permanecer mucho tiempo por aquellos andurriales. Como anécdota de mi estancia en aquel lugar, a tiro de piedra de la frontera con Mauritania, recuerdo haber escuchado el pitido del tren de tres kilómetros de largo –reputado como el tren más largo del mundo– que transporta mineral desde Zouerat a Nouadhibou, en la costa del Atlántico. El mineral se extrae de las minas de Fort Gouraud y se almacena en Zouerat.

Por otro lado, acudía a diario, a la caída de la tarde, a las jaimas del frig para socializar con aquellas gentes. Ni que decir tiene que era muy bien recibido, vertiendo gotas de colonia sobre mí en señal de respeto y de bienvenida. Con el consabido y obligado té, solían ofrecerte pinchos de carne de camello, cubiertos por una fina y blanca película que ellos llamaban chilaba y los europeos gabardina. La conversación solía versar sobre mi familia, si estaba casado y si tenía hijos, ciudad de procedencia, si me estaba adaptando a vivir en el desierto y cuestiones por el estilo. Por supuesto, que la conversación se hacía a través de un traductor, bien Hasenna, bien Jalifa o un alumno que dominara el español. Al final de la visita, y antes de emprender la marcha, me obsequiaban con una yira (recipiente) con leche de camella recién ordeñada, a la que endulzaba con un trozo de un pilón de azúcar. Si la visita se realizaba por la mañana o al mediodía, me ofrecían la yira con leche agria de camella endulzada con azúcar. Para agriar la leche la introducían en un guirbi, piel de cabra, anudada por un extremo, y atada a un objeto fijo y movida constantemente con un movimiento de vaivén o balanceo. Se convertía en una especie de yogurt líquido. En verdad, a mí me resultaba deliciosa aquella leche agria.

 

Las dos ocasiones en que Seila giró una visita al frig, durante mi estancia en la Nómada nº 4, fue recibido con gran alborozo por todos, festejándose su llegada con la preparación de una comida extraordinaria con matanza de borregos. Seila solía colmarlos de regalos. En esas dos ocasiones enviaba a algún niño a llamarme para que acudiera a visitarlo. Me recibía con abrazos, con mucha alegría, júbilo y satisfacción. Seila era un hombre que se daba cuenta de que vivir en el puro desierto significaba para un europeo hacer un esfuerzo ímprobo de adaptación. Hacía que me sentara a su lado, y en su dificultoso español, y, a veces, con la ayuda de un traductor, me decía que fuera lo que necesitara se lo dijera porque él podía conseguirlo. Se interesaba por el trato que me dispensaban en el frig, y si me encontraba a gusto ejerciendo mi labor en la Escuela Nómada. Guardo muy buen recuerdo de él. Su persona desprendía bonhomía, amabilidad y autoridad. Nunca supe qué fue de él, qué postura adoptaría cuando se desencadenaron los problemas en el territorio a partir del Acuerdo Tripartito entre España, Marruecos y Mauritania. Lo cierto es que de los ciento dos miembros de la llamada Yemaa, Asamblea General Saharaui, setenta y nueve se declararon afectos al Polisario y crearon el Consejo Nacional Saharaui. Su destino sigue siendo una incógnita para mí.

Si vives o estás en el desierto del Sahara te expones a sufrir las inclemencias de ese viento cálido del sudeste de nombre siroco, que suele soplar en otoño (octubre-noviembre) y en primavera (marzo). Es tan intenso que se introduce en sitios inimaginables, como en la cámara de fotos que yo tenía. Su velocidad es tal que podía llevarse por delante jaimas y tiendas de la Escuela Nómada. En cierta ocasión, en que llegó casi de improviso, rajó de arriba abajo la gran tienda que servía de aula y de comedor. Parecía que la tienda tenía dos entradas, la suya propia y la que le había ocasionado el siroco. Pero lo normal era avistar en el horizonte que se aproximaba un siroco, en ese caso daba tiempo a bajar las tiendas y echarlas al suelo.

En cierta ocasión, yo había sido llamado para que acudiera a una jaima porque un pequeño tenía problemas en los ojos, así que cogí mi botiquín y allá me encaminé a bordo del Land Rover. El problema era una clásica conjuntivitis causada por la falta de higiene y el polvo de la arena del desierto. Al tiempo que le limpiaba los ojos y le instilaba un par de gotas del colirio correspondiente, llegó corriendo un niño para advertirme de que se aproximaban unos coches. Observé y vi en el horizonte un convoy formado por tres Land Rover que parecían ir en dirección sur. Fue una sorpresa que por aquellos andurriales se viera llegar a alguien. De pronto, para mi asombro, los tres Land Rover cambiaron el rumbo y se dirigieron hacia la Escuela Nómada. Subí a mi Land Rover y me encaminé hacia la escuela; cuando llegué ya me estaban esperando una pareja de europeos y unos cuantos nativos. Los europeos, hombre y mujer, estaban observando con curiosidad no disimulada todo lo que constituía la Escuela Nómada: las tiendas y el carromato. En sus caras se veía con meridiana claridad que no daban crédito a lo que estaban viendo. Los saludé, y el hombre, de mediana edad, me preguntó que qué era todo aquello. Cuando le dije que era una Escuela Nómada y cuál era su función su estupor se mutó en incredulidad. No podía creer que en medio de la nada hubiera sido instalada una escuela. Mientras daban cuenta del refrigerio que les ofrecí aquel hombre me contó que él era piloto de la compañía Iberia y que estaba destinado en Gando, Las Palmas, aunque era natural de Madrid. Y la señora que le acompañaba era su esposa, a la que le había prometido llevarla a hacer un recorrido por el desierto. Les invité a visitar la instalaciones de la escuela: la tienda que servía de aula y comedor, la de la cocina y la del personal auxiliar. Asimismo, les hice entrar en la roulotte. Dio la casualidad de que sobre la mesa yo había colocado las puntas de flecha, los buriles, los raspadores y las hachas que había encontrado en una de mis andanzas por el desierto. La señora quedó deslumbrada al contemplar aquel material prehistórico. Me rogó que la obsequiara con algo de aquello. Le dije que cogiera lo que quisiera. Y así lo hizo. Cuando la visita llegaba a su fin, pues querían llegar a Auserd antes del anochecer, el hombre me entregó una tarjeta con su nombre y su profesión. Muy agradecido, y supongo que muy sorprendido, me dijo que si tuviera algún problema para conseguir billete en la compañía Iberia no dudara en contactar con él. En la tarjeta iba su domicilio en Las Palmas y en Madrid. Subieron a los Land Rover y los vi alejarse hacia el sur, rumbo a Auserd. Desgraciadamente, extravié aquella tarjeta con el paso de los años.

El 28 de febrero de 1976, sobre las 11 de la mañana, el Teniente Coronel Valdés, último gobernador del territorio, arrió por última vez la bandera española en la azotea del Gobierno General del Sahara, en El Aaiún, izándose a continuación la bandera marroquí. Con ese acto se daba por concluida la Operación Golondrina, recogida en el Acuerdo Tripartito de Madrid, firmado el 14 de noviembre de 1975, entre España, Marruecos y Mauritania, por el que España cedía la administración del territorio a los dos últimos. La ONU nunca ha reconocido este Acuerdo y siempre había auspiciado llevar a cabo un referéndum, y, a tal efecto, el comandante José Enrique Alonso del Barrio, Jefe del Servicio del Censo, recorrió, en su día, el territorio para censar a los nativos.

A este respecto, el citado comandante Alonso llegó al frig del Procurador en Cortes Seila uld Abeida uld Sidi Ahmed un mes, que no puedo precisar, del curso escolar 1970-71. Llegó por la mañana temprano, acompañado de un séquito de soldados, ayudantes, amanuenses y conductores. Se presentó, me saludó y dijo a qué venía. Le ofrecí la gran tienda que hacía las veces de aula y allí se instalaron. Se avisó a los nativos del frig para que fueran pasando con la tarjeta de identificación para inscribirlos. Poco después del mediodía todo había concluido, recogieron, y el comandante Alonso me dio la mano, me agradeció la atención que había tenido con ellos, subió a su Land Rover y el convoy se puso en marcha con destino a Auserd. Antes de llegar al frig de Seila habían pasado por Bir Nazarán. En aquel momento no me daba cuenta de que yo, un joven maestro, de 24 años, de la Escuela Nomada nº 4, había sido testigo de un acto de la intrahistoria del Sahara Occidental que marcaría su devenir. Obviamente, los marroquíes nunca han aceptado aquel censo de algo más de 73.000 saharauis, porque si se aceptaba dicho censo podría comprometer la pertenencia del Sahara Occidental a Marruecos. Muchos años después, el 12 de febrero de 2012, tuve conocimiento de que el comandante Alonso del Barrio, ya General de Brigada de la Guardia Civil, había fallecido en Zaragoza.

La visita del comandante Alonso dio lugar a una anécdota que me permito traer aquí. Cuando el citado comandante Alonso se marchó, el pinche –cuyo nombre, insisto, lamento no recordar, mauritano de nacimiento–, que habría estado tomando té en una jaima del frig durante la estancia del comandante Alonso, apareció por la escuela y preguntó a Jalifa, el cocinero, “¿Comandante jum?”. Yo que andaba cerca de ellos quedé sorprendido por la pregunta y, a mi vez, pregunté a Jalifa que por qué le llamaba “Jum” al Comandante Alonso. Ante mi sorpresa, se echó a reír. Y me dijo que la expresión “¿Comandante Jum?” quería decir “¿Está el comandante aquí?”. Me di cuenta de que el idioma hasanía, como dialecto magrebí del árabe, debía tener una estructura gramatical muy particular y, obviamente, muy diferente al español. Y desde entonces, entre nosotros, el comandante Alonso pasó a ser el “Comandante Jum”.

A pesar de la mejorable actitud de España respecto de la resolución de su compromiso con el Sahara, a favor de Marruecos y Mauritania, sin embargo, como dice el poeta y antropólogo Saharaui, Bahia Mohamed AWAH, natural de Auserd, en cuya escuela se instruyó, con el maestro santanderino Emilio Ruiz Seco, “El español es el único y mejor legado lingüístico que nos ha dejado la Metrópoli tras los cien años de dominio”.

Cuando el día claudicaba y la noche me rodeaba por completo en aquel inmenso desierto, y me envolvía un silencio que parecía que se podía tocar, solía sentarme a la puerta de la roulotte y, sorprendentemente, me daba cuenta de que el silencio podía llegar a ser audible: un silencio sonoro “El silencio es la primera piedra del templo de la sabiduría”, decía Pitágoras. “Escucha y serás sabio”. No podía hablar con nadie, estaba solo conmigo mismo y con mis pensamientos, pero, incluso, estos, mis pensamientos, podían llegar a perturbar el silencio que me envolvía. La noche siempre ha sido mágica, propicia para pensar y para imaginar historias. Encima de mí, la bóveda celeste, salpicada de infinitos puntitos luminosos: las estrellas, con sus numerosos guiños, se convertían en mis cómplices. De repente, ese silencio era roto por un leve, levísimo, y casi imperceptible ruido. ¿Qué fue? Algo se había movido a mis pies. De pronto, otra vez el silencio. Contenía la respiración para poder agudizar aún más el oído. De nuevo, el tenue y suave ruido. Con el tiempo me di cuenta de que, en el desierto, el sentido del oído adquiría una sutileza, una agudeza de la que carecía en el bullicio de las ciudades. El ruido era producido bien por la común y venenosa serpiente cornuda del desierto, llamada lefa por los saharuais, que durante las horas de mayor calor permanecía enterrada en la arena, y que salía, al anochecer, a tomar el fresco, o, bien, por el también peligroso y muy venenoso escorpión amarillo. Conforme pasa el tiempo te acostumbras a convivir con esta fauna, que no te molesta si tú no la molestas. Aparte de ellos dos, la fauna del desierto se completa con el lagarto con placas, de grande y gruesa cola; el fenec, zorrito de pelo claro, color arena, de grandes orejas, no solo para escuchar, sino que le sirven como sistema de refrigeración de la sangre, y de larga y frondosa cola, sobre la que descansa cuando duerme; el chacal y la esbelta gacela dorcas. No, el desierto no es, en modo alguno, como dicen, un lugar vacío. Aparte de su fauna, el desierto alberga una flora característica de lugares secos, áridos y de lluvia escasa. Las talhas –de la familia de las acacias, que con sus afiladas agujas parecen proteger sus nutritivos brotes verdes, muy apreciados por los dromedarios (mal llamados camellos), que, a pesar de tener gruesos labios y una boca que parece torpe, consiguen llegar y alcanzar esos brotes sin, al parecer, pincharse–, salpican el paisaje. También son muy comunes esas matas verdosas, que las llaman ascaf, que se encuentran en lugares arenosos y pedregosos. No solamente el desierto es arenoso y con dunas (erg), sino que también existe el desierto pedregoso (hamada).

Con el tiempo, puedes llegar a amar el desierto, a pesar de las tormentas de arena, de la escasez de lluvia, del calor y del siroco, caso contrario “no es tu mundo”, como escribe Mohamed Salem Abdelfatah, Ebnu. En su cuento “El deyar y la montaña” se lee: “Es nuestra vida en donde se juntan dos ingredientes que los seres humanos necesitan para sobrevivir, amor y paciencia. Si no puedes amar la aridez yerma de la inmensidad de un espejismo, si no tienes paciencia para esperar que llegue la sombra o que amaine la tormenta, entonces este no es tu mundo”. (Deyar es el buscador de camellos).

A finales de junio de 1971, deposité la Escuela Nómada nº 4 en el puesto de Bir Nazarán. Era mi despedida. Dejaba de ser “maestro nómada”. El curso siguiente, 1971-72, fui destinado a Auserd, más al sur de la sebja Tennuaca. Pero esa ya es otra historia.

Lorenzo González

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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