En el corazón del desierto argelino, cerca de la ciudad de Tinduf, donde el horizonte se confunde con el cielo, se encuentra la wilaya de Smara, campamentos de refugiados saharauis . En aquel rincón de la tierra, los entretenimientos son mitos olvidados: no existen cines donde refugiarse y disfrutar de fantásticas películas, ni playas de hermosas costas, ni piscinas donde zambullirse para espantar el calor . Para los habitantes del campamento, y especialmente para los niños, el paisaje es una vastedad que se extiende hasta donde alcanza la vista.
En medio de esta austeridad, la figura de las bibliotearias del proyecto Bubisher emerge cada mañana como un faro de serenidad.
Cuando se las ve recorrer los caminos de arena y piedra, algo cambia en el aire. La quietud del campamento se quiebra al instante: primero es un rumor, un susurro compartido entre las ventanas; después, la realidad se transforma en una explosión de algarabía. Los niños, al verlas llegar, abandonan sus juegos y corren a su encuentro. Sus pies descalzos dibujan huellas apresuradas sobre la tierra caliente, y no se detienen hasta rodearlas en un abrazo vibrante, un círculo de voces menudas que parecen darle la bienvenida a un ser mágico.
—¿Cuándo abre al fin la biblioteca? —pregunta una voz pequeña, con la urgencia propia de quien no puede esperar más para explorar lo desconocido.
—Extrañamos la biblioteca —añade otra, con ojos soñadores—. ¿Cuándo será el día de volver a perdernos en las páginas de un cuento hermoso? ¿Cuándo volveremos a usar nuestros lápices de colores para dibujar las acacias y camellos del Sahara?
Para estos pequeños, la biblioteca no es solo un edificio; es el portal a todo aquello que el desierto, por su naturaleza, no puede ofrecerles. Dentro de sus muros, el viento ya no susurra aislamiento, sino relatos de aventura; la falta de verde se compensa con libros ilustrados donde crecen jardines frondosos y mares interminables.
Las bibliotecarias los escuchan a todos con una chispa en los ojos. Dejan que la emoción de los pequeños le inunde el alma, sabiendo que ellas son las guardianas de sus ilusiones. Sus manos se posan con dulzura sobre las cabezas de los niños, y les regalan una sonrisa paciente, de esas que, por un segundo, parecen contener la promesa de todo un universo.
—Tengan paciencia, mis pequeños exploradores —les dicen con una voz clara que se eleva por encima del susurro del viento—. La biblioteca está casi lista. Falta muy poco para que sus puertas se abran de nuevo de par en par. Cuando lo hagan, juntos volveremos a descubrir el mundo desde adentro, y allí, entre estanterías y páginas abiertas, disfrutaremos de ratos inolvidables. Construiremos nuestro propio refugio contra la arena y llenaremos de color lo que ahora parece solo un camino gris.
Los niños celebran su respuesta con un coro de vivas que parece llegar a los oídos de las adultos que preparan té en las jaimas y sintonizan la radio en busca de noticias del conflicto del Sahara . Se despiden de ellas, dejándolas seguir su camino mientras sus corazones quedan latentes, palpitando al ritmo de la cuenta atrás. Porque saben que, muy pronto, la inmensidad del desierto dejará de ser una frontera y se convertirá, por fin, en el jardín secreto que su biblioteca les permitirá cultivar.
Dahdu Mohamed







