Aquel no es un país para viejos. Los jóvenes
unos en brazos de otros, pájaros en los árboles
–esas generaciones moribundas– cantando…
Así empieza el poema de W.B Yeats, que dio lugar al título de la novela de Cormac McCarthy “No Country for Old Men”, en la que se basaron los hermanos Coen para hacer la película homónima.
Tampoco la hamada es lugar para viejos. Ni para jóvenes ni para niños. Aquí no hay pájaros, no hay árboles ni cascadas de salmones celebrando el verano. No hay música sensual que no sea la del viento asfixiante entre las piedras. Solo el mosaico dorado del fuego, girando en espiral, bajo la luz incandescente del mediodía. Solo el oro y el oro de la arena que se suspende en el aire para depositarse luego en la tierra pedregosa, en la tela de las jaimas, en los ojos de los caminantes. Y, sin embargo, en ese desierto donde el infierno respira dos veces, resiste el pueblo saharaui en su exilio, esperando pacientes para recuperar lo que es suyo. Y allí, en el refugio que construyen las miradas y la tradición de un pueblo ancestral, sí hay espacio para los viejos. Un espacio privilegiado, pues ellos son la memoria, el saber y la poesía. Hay espacio para niños y jóvenes y para la esperanza que campa a sus anchas en el desierto. Y también para el pájaro que trae buenas nocticias y se posa en el patio de las bibliotecas Bubisher, donde hay lugar para todos, incluido ese libro de poemas de Yeats, la novela de Cormac McCarthy o la película cruda de los heramnos Coen.
Mónica Rodríguez







