LA BELLEZA

De los tres valores supremos que la filosofía clásica identificó como las propiedades fundamentales del ser, tal vez ya sólo nos quede la belleza. A la verdad, que busca el conocimiento de la realidad del mundo, se la intenta deslegitimar con el término “verdad alternativa” con el que cínicamente se califica a la mentira. A la bondad, que debería regir la relación entre las personas, se la trata de anular al atribuir como denostado buenismo a la conducta humanitaria de las gentes de bien. A la verdad de su dolorosa situación en los campamentos de refugiados y de los derechos que legítimamente asisten al pueblo saharaui, se enfrentan todas las falacias que traman los gobiernos del mundo. A la bondad de tantas personas que apoyan sus justas reivindicaciones, se contraponen los que sólo pretenden que permanezcan los muros y los desiertos sin fin.

Así, tal vez ya sólo nos quede la belleza, la búsqueda de aquello que nos asombra y emociona. La belleza de esos niños y niñas que fijan su mirada en los libros de las bibliotecas Bubisher. La belleza de esas mismas bibliotecas construidas con paredes de sombra y jardines de luz. La belleza de los libros que nos siguen contando todas las historias de siempre jamás. La belleza de los recuerdos de un pasado siempre vivo en la memoria. La belleza de lo que existe y de lo que imaginamos posible y de lo que inventamos a partir de las vidas imposibles. La belleza del paisaje infinito del Sáhara, del cielo que busca en la noche los ojos de la tierra, de las casas levantadas en el desierto por las bellas manos de las mujeres y los hombres.

La belleza, como cantó el añorado Luis Eduardo Aute, que reivindica “el espejismo de ser uno mismo, ese viaje hacia la nada que consiste en la certeza de encontrar en tu mirada la belleza, la belleza, la belleza”.

Marcelo Matas de Álvaro

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