LA ALFOMBRA VOLADORA

No se oye lo que la bibliotecaria, de espaldas, está diciendo a las niñas y niños, sentados en corro, pero, por sus expresiones, entre preocupadas y entristecidas, se diría que les habla de despedidas, suposición que avala la leyenda que preside la reunión. Pero, ¿quién se va, el bubisher, que se despide de los niños, que se quedan, o el que se queda es el bubisher, del que se despiden los niños, que se van? Seguramente, dentro de unos días, esas niñas y esos niños viajarán a ciudades, de las que ni siquiera han oído hablar, para vivir unas vacaciones, durante las que la dura rutina de sus días en la hammada experimentará cambios, no por placenteros, menos inquietantes. De eso les debe de estar hablando la bibliotecaria, en nombre del bubisher, y por eso, sus expresiones de preocupación por lo nuevo a descubrir, y de tristeza por el alejamiento, siquiera temporal, de quienes les proporcionan seguridad, por más que exenta de tantas cosas, casi de todo.

El curso se acaba, y es momento para algunos de separarse, durante dos meses, de los suyos de siempre, para encontrarse con personas desconocidas, que serán también de los suyos, como aquellos, para siempre, después de dos meses. Y se me antoja que el bubisher no se quiere perder ni la despedida con unos ni el encuentro con los otros. Eso me hace creer el que, callado, esté presidiendo la reunión en medio de la alfombra, para la que, sin duda, tiene sus planes, simulando un adiós, que ni siquiera va a ser un hasta luego. Es posible que, gracias a las bibliotecas Bubisher, esos niños y niñas sepan que en el relato Las mil y una noches, Aladino se desplaza en una alfombra voladora y en ella transporta a otros personajes por la inmensidad del desierto. Y acostumbrados a que en las Bubisher han puesto en movimiento su imaginación, no les extrañaría demasiado que el bubisher, que aparenta despedir o despedirse, cuente también con su alfombra mágica, sobre la que están sentados y en ella les acompañe, cruzando su desierto y esas playas, que son suyas, pero de las que solo han oído hablar, hasta llegar a ciudades y pueblos lejanos, donde les acompañará durante sus vacaciones sin que se den cuenta, complacido de comprobar cómo bajo sus alas han aprendido a saber estar, con la libre soltura y, a vez, la debida contención, más allá de los límites, tan estrechos, siendo tan anchos, en los que se han transcurrido sus vidas cotidianas desde que nacieron. Tengo para mí que a las puertas de las cinco bibliotecas Bubisher tendrán lugar en estos días reuniones como esta, sentados sobre alfombras que son mágicas, y en las que volarán, aunque crean que van en un avión. No saben que las alas son las del bubisher. O quizá sí.

Fernando Llorente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la bibliotecaria, y de ahí la expresión de sus caras, entre la incertidumbre por lo nuevo y la tristeza por la separación, siquiera temporal, de quienes les dan seguridad, por más que exenta de tantas cosas, casi de todo.

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