
Una tarde, en la curva del Nido, hacíamos poesía, o tratábamos de hacerla. Hace ya muchos años, pero fue la tarde en la que Federico vino a visitar la hammada. El juego era ir tejiendo versos, uno a uno. Una niña pronunciaba el suyo, la de al lado el siguiente. La poesía era hermosa, hablaba de la noche y el día, el sol y la luna. Pero nos atascamos. Solo hacía falta un verso más, uno solo. Y no, no era ese, y tampoco aquel. Se nos iba la tarde y la poesía estaba incompleta, amputada. No había manera. Entonces me acordé de él, que reposaba y sigue reposando en el barranco de Víznar. Como hoy lo he vuelto a recordar, leyendo Nara, el último libro de Mónica, en el que una niña de la guerra, perdida en el bosque, encuentra un libro que le salva y le da sentido a su vida: el Romancero Gitano, de Federico. Entonces, aquella tarde lejana, les propuse a las niñas y los niños del Nido que le pidiéramos ayuda. ¡Federico!, gritamos. Más fuerte: ¡¡Federico!! Más, más, todos a una, mirando al cielo del Sáhara, al del mundo entero: ¡¡¡¡FEDERICO!!!! Y entonces, el niño más callado, el niño con el rostro oscurecido, el niño que solo sonreía pero nunca hablaba, se acercó a mí, puso su mano en mi oreja y susurró el último verso, el que no encontrábamos, el que Federico le confió a él, a todos nosotros: “Y contempla al niño en su cuna”. Y acabamos el poema. Y sí, aquella tarde Federico volvió a la vida de la hammada, como vuelve al bosque en Nara, como vuelve siempre que abrimos sus versos y se nos llena el corazón de verde, como vendrá al corazón de quien quiera hoy escribir un poema.
Gonzalo Moure






