EL JARDIN CONTRA EL VIENTO.


​La furgoneta ya no traía nada; había dejado de ser promesa para convertirse en refugio. Sus viajes entre wilaya y wilaya le habían arrancado el brillo, la pintura y casi el aliento. Pero aún resistía, como todo aquí, con esa terquedad de lo que se niega a desaparecer.
​Aquella tarde, los niños no corrieron hacia ella esperando libros nuevos. Corrieron buscando sombra. ​El siroco soplaba con una furia seca, de esas que no avisan y lo cubren todo de olvido. Entonces extendieron la alfombra, azul como un mar que nunca han visto, y se sentaron pegados al costado herido del vehículo. Allí, en ese pequeño triángulo de sombra robado al sol, reconstruyeron su mundo. ​El libro apareció entre manos pequeñas: gastado, compartido, sobreviviente. El jardín feliz. Qué ironía y qué verdad al mismo tiempo. Porque en aquel lugar donde la tierra se resquebraja, hablar de jardines no es una fantasía infantil: es una forma de rebeldía.

La niña que leía no alzaba la voz. No hacía falta. El silencio de los demás era absoluto, casi solemne. Escuchaban como quien bebe; como quien sabe que, en el desierto, cada palabra es una gota de agua que no se puede desperdiciar.

A su lado, otra niña sostenía un marco con flores. No eran flores de arena. Eran pétalos arrancados al olvido, conservados bajo el plástico como se guarda un recuerdo o una promesa. Nadie preguntaba de dónde venían. Todos entendían que eran el mapa de un lugar al que todavía pertenecen.

El viento golpeaba la chapa de la furgoneta, queriendo entrar en la historia, pero el círculo de niños era inexpugnable. Aquello no era solo una lectura. Era una declaración silenciosa: podrán quitarnos el paisaje, pero no podrán vaciarnos por dentro.

​La furgoneta, agotada, ofrecía sus últimos servicios sin moverse. Ya no cruzaría caminos, pero aún sostenía sueños. Y los niños, sin saberlo, la estaban salvando a ella también, otorgándole el propósito más noble de cualquier máquina: ser el muro que protege la esperanza.

​Cuando el cuento terminó, nadie habló de flores ni de regresos. Pero en sus ojos quedó algo nuevo, algo terco. Una semilla invisible plantada en mitad de la nada. ​Porque esa tarde, mientras el mundo afuera se deshacía en arena, dentro de aquel círculo de sombra el desierto había perdido la batalla.

B.Lehdad.

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