CALLE DE SENTIDO ÚNICO

El filósofo alemán Walter Benjamin (1892-1940) nunca vivió en una calle de sentido único, pero al final de su vida se encontró en un callejón sin salida. Los cuentos que le contaba su madre cuando era niño le enseñaron el poder de la narración para transitar libremente por las calles del mundo. Así supo que los libros son el objeto material que transmite, a través del lenguaje, el conocimiento -tan necesario como inabarcable- para guiarnos por este extenso mapa plagado de bifurcaciones sin fin.

 A uno le duele imaginar a Walter Benjamin -en un viaje inverso al que hizo Antonio Machado un año antes- frente a la ausencia de caminos con la que se encontró al llegar a Portbou en septiembre de 1940. Ante la ocupación de París por el ejército nazi, huyó de la capital francesa hacia el sur con intención de cruzar España para llegar a Lisboa y poder exiliarse en Estados Unidos. Atravesó la frontera a pie, a paso lento y descansando cada diez minutos porque padecía del corazón, con el brazo aferrado a una carpeta que guardaba un manuscrito “más importante que mi propia persona”, pero no el visado que le requirió el policía del puesto de mando. Así fue cómo esa calle de sentido único, sin posibilidad de bifurcación o retorno, se convirtió en el callejón sin salida que Walter Benjamin eligió para salir del mundo. Sus compañeros de viaje alquilaron el nicho 563 por cinco años, tras los cuales sus huesos fueron arrojados a una fosa común del cementerio.

La terrible imagen hacia el vacío del monumento de Portbou dedicado al filósofo alemán -una galería que se alza en un promontorio sobre el mar- conmueve al visitante que, desde su inauguración en 1994, se atreva a asomarse al vértigo del final del trayecto.

“Calle de sentido único” (Periférica, 2021) es un libro de Walter Benajmin que no he leído. La nota de la editorial dice que “es un texto que inaugura una nueva forma de hacer literatura y de pensar la estética. Antes que una simple recopilación de clarividentes aforismos (sobre la realidad de una Alemania de Weimar que hoy resuena siniestramente familiar o acerca de una sutil psicología del amor), este libro es un mapa urbano ordenado según la lógica de los escaparates de una galería comercial. La voluntad de Benjamin era, en palabras de su amigo Theodor Adorno, «contemplar todos los objetos tan de cerca como le fuera posible, hasta que se volvieran ajenos y le entregaran su secreto». Y este secreto nos habla tanto de nuestra manera de relacionarnos con las cosas de la vida cotidiana como de los sueños que proyectamos sobre ellas: en los paisajes dibujados en los sellos y los billetes, en la fe del madrugador o en la experiencia de la infancia como la de un tiempo proyectado hacia el futuro.”

Marcelo Matas de Álvaro

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