NEIFARA

Llegaba de lejos, lo traía el viento. Al principio era un silbido apagado, un bisbiseo, y Bahia pensó que era el aire enloquecido en la inmensa llanura del desierto, pero después creció. No pensó en pájaros. Miró hacia el horizonte pedregoso y no vio nada, salvo las espirales de polvo levantándose doradas contra la luz de la tarde para desaparecer al instante. Entrecerró los ojos: sol, quietud y ese sonido. Suave, melancólico, como un gorjeo que picoteara su juventud, y las yemas de sus dedos y su corazón se enfermaron. Era como la fiebre, una inflamación inquieta, pero hermosa. Le pareció ver una figura, a lo lejos, en la sombra de la única acacia, y allá dirigió sus pasos. El sonido crecía y también los latidos de su corazon. Bajo el árbol estaba el pastor. Tocaba una flauta hecha de caña. El hombre tenía los ojos cerrados y la música mojaba sus labios y era dulce como dátil maduro. Bahia también cerró los ojos. Dentro, dibujado por la música, vio una duna y un hombre, vestido con un daraa azul, contemplando el mar. Su mirada era lenta y oscura como la de un camello, y lloraba. Ese llanto era también el sonido de la flauta. Cuando Bahia abrió los ojos, la música era apenas un silbido, un murmullo del viento que azotaba las ramas de la acacia. El pastor había desaparecido, pero allí, en las raíces del árbol, estaba la flauta. Neifara, la historia de su pueblo. Lo bello y lo triste, el mar que aún les aguardaba. La guerra y el olvido. Todo estaba dentro de aquel instrumento hecho de las raíces de esa misma acacia, acaso otra, crecida bajo un viento occidental. Y mientras sonase la flauta ellos seguirían siendo hijos de las mismas nubes y no olvidarían. Se sentó contra el tronco, levantó el instrumento y sopló. Lejos, un niño salió de su jaima.

Mónica Rodríguez

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