
Tuvieron que llegar al refugio, en Tinduf, para que la población infantil y juvenil saharaui fuera escolarizada casi al 100%. A lo largo de los años, y van 50, en las wilayas se fueron construyendo escuelas para atender a una población en edad escolar en aumento, y que progresaban en su formación académica. En un principio, fueron las mujeres -los hombres en la guerra- las que, como con tantos otros servicios, organizaron el trabajo escolar, bajo las directrices de la RASD. Hoy, el sistema de enseñanza en los campamentos de población refugiada saharaui completa la enseñanza secundaria.
Quien haya estado alguna vez en las aulas de esas escuelas, mientras se desarrolla una clase, no importa de qué materia, ha podido contagiarse del entusiasmo con el que las chicas y los chicos responden a los estímulos, con los que el personal docente procura llamar su atención. Casi todos levantan sus manos para ser los primeros en dar respuesta a una pregunta o para mostrar la tarea encargada, y llevada a cabo, o bien en la propia aula, o bien en la penumbra de la jaima o el beit familiares, en cualquier caso, no en las mejores condiciones, sí cercanas a la peores para cumplir con unas tareas, como las que los escolares pugnan por hacer valer, mostrándolas en alto, para que sean bien vistas y adecuadamente apreciadas.
La fotografía es un testimonio gráfico de lo dicho. De la precariedad del aula, como tal, y de sus recursos, también da cumplida prueba la foto. Es el trasunto, a escala escolar, de las condiciones en las que las familias saharauis refugiadas viven el día a día de sus existencias, si no con el entusiasmo infantil, que la foto permite también oír en el aula, sí con la determinación de un espíritu de resistencia, inasequible a la rendición, convencidas de que les asiste la fuerza de la razón, como las niñas y niños de la foto lo están de que sus tareas son las mejores. El entusiasmo infantil tiene la misma voz de su pueblo, cuando reclama ser escuchado y atendido en sus reivindicaciones de reparación, justicia y libertad, como las niñas y los niños aspiran, entusiastas, a que la maestra o el maestro les pongan una buena nota, porque no tienen ninguna duda, sus esfuerzos les ha costado, de que la merecen. Y, sí, se la ponen. Y, así, siguen creciendo y formándose, si bien las tareas en el aula van dejando paso a otros trabajos y acciones, animados por ese espíritu de resistencia, al que no le falta trazas de aquel entusiasmo.
Fernando Llorente






