
«Si seguimos así, con un pie tan lejos del otro, en la emigración y el exilio,
acabaremos por desgarrarnos.
Tenemos que aceptar que somos saharauis aquí, saharauis allá, al mismo tiempo, con todas nuestras contradicciones, con la inmensa belleza de nuestra herencia común.
Solo así lograremos ser un pueblo completo.»
Porque Limam es el de aquí, el del exilio, el que se formó en Cuba y vive en Madrid, pero también el que enciende cada noche la lámpara de los versos para no olvidar quién es, quienes son. El que toma la mano de los españoles que luchamos cada día para que la cultura crezca en la infancia de los saharauis, hacia las estrellas, hacia lo infinito, hacia la belleza y la verdad. La verdad. El que apacienta rebaños de palabras.
Por eso caminan juntos, con las tumbas inmemoriales de los Gigantes de la Luna, los Ben Hilaliyin, a su espalda, sobre la espalda del tiempo. Por eso la mano de Belga palpa el hombro de Limam, por la unión, por la identidad. No nos olvides, no te olvides a ti, jamás te niegues ni reniegues. Y, juntos, los dos, son esa tierra reseca que se alegra una mañana porque cae sobre ella la dulce lluvia de los versos.






