
Alrededor de un libro de biología, un reducido número de niños saharauis se inclinan como quien se acerca a un pozo en el desierto. En sus páginas abiertas no solo está dibujado el cuerpo humano, también late la pregunta antigua de todo refugiado: ¿qué somos, cómo resistimos, por qué seguimos creciendo incluso en la intemperie?
Aprenden huesos y órganos mientras su propia vida les ha enseñado ya lo esencial: a caminar lejos, a adaptarse, a sostenerse unos a otros. El libro es refugio momentáneo, jaima hecha de papel, donde el conocimiento protege del olvido.
Entre ellos planea el espíritu del Bubisher, ese pájaro que no promete milagros, pero sí compañía, instrucción. Les cubre con sus alas invisibles, incrustadas en resistentes paredes; para que sepan más, para que el saber sea abrigo, para que la curiosidad venza al polvo y al exilio.
Así, entre letras y dibujos, estos niños no solo estudian el cuerpo humano: aprenden a cuidar la vida, empezando por la suya.
B.Lehdad.






