
Era media noche. Ya había pasado una hora desde que el avión tenía anunciado su despegue rumbo a Orán. Sidati esperaba desde hacía dos horas en el aeropuerto de Tinduf, y casi tres horas antes se había despedido, en la wilaya Smara, de su abuela, su madre, sus hermanos, más jóvenes que él, y de sus vecinos. Unos días antes se había trasladado a Tifariti, enclave de la Segunda Región Militar de la RASD, para despedirse de su padre, integrante de esa guarnición militar, que con otras seis controlan, mal que bien, los Territorios Liberados, al Este del muro de la vergüenza. De su abuelo, Sidahman, se despediría un momento antes de la llamada a los pasajeros, cuando el avión ya estuviera en pista, preparado para recibirlos y emprender vuelo a Orán, después de dos horas más de espera. Orán sería una etapa, ya que el destino de Sidati era España, hacia donde se embarcaría en el ferry, que cubre la ruta marítima desde Orán hasta Alicante. Desde Alicante se trasladaría, en autobús, a Moratalla, donde esperaba una tía, que allí sobrevivía con dos de sus hijos, uno de los cuales estudiaba Secundaria y el otro, el mayor, trabajaba en precario, aquí y allá.
Fue bien recibido. Sidati compartiría habitación con sus primos, los tres sobre una alfombra, pues las dimensiones de la vivienda no daban para mucho más, y había que dejar sitio en el comedor, por si llegaba algún saharaui en cualquier momento, sin aviso previo. Sidati se dispuso a sacar su escaso equipaje del bolso. Enseguida, su mano tropezó con un papel, que salió arrugado. Alguien lo había puesto allí, en un descuido suyo. Era un sobre sin cerrar, que contenía una suerte de breve carta, con el nombre del destinatario por delante, Sidati, y por detrás, el del remitente, Sidahman. Una curiosidad, no exenta de emoción acompañó a Sidati, mientras acababa de sacar su ropa y la ordenaba sobre unos cojines. El abuelo había viajado con él y, a la vez, le había recibido, y quería hablarle por escrito. Contuvo su curiosidad y disimuló su emoción, hasta que, al llegar la noche, sacó la carta del sobre y, mientras sus primos manipulaban sus móviles, la leyó, a solas. Estaba escrita en español. El abuelo lo hablaba muy correctamente, pues, tras haber terminado el Bachiller elemental sin reválida, había trabajado durante años en la empresa Cubiertas y Tejados, en El Aaiún, ciudad donde había nacido, durante el periodo colonial español. Sidati también lo hablaba, no tan correctamente, pero lo bastante para mantener una conversación, por más que sin alardes, ya que durante tres años participó en el programa Vacaciones en Paz en España, además de haberlo estudiado en la escuela y practicado en la biblioteca Bubisher, en su adolescencia y primera juventud, no hacía mucho tiempo. Y también hablando con el abuelo. Sidati comenzó a leer la carta del abuelo con devoción:
“Sidati querido, quiero pensar que, a pesar del cansancio seguro del viaje, has esperado a la noche para, más que leer, escuchar las palabras que dice mi corazón en este papel, como tantas veces lo has hecho a la puerta de la jaima, cuando en los veranos, no tan calurosos, de Mheiriz, después de haber pasado el día llevando nuestras cabras en busca de algún matojo de askaf, volvías, y uno de los dos preparaba los tés, que compartíamos, mientras yo te hacía partícipe, bajo todas las estrellas, de relatos, entre fantásticos y verosímiles, y te recitaba poemas de amor a nuestra tierra arrebatada, cuyos versos laten en el corazón profundo y siempre abierto de nuestro pueblo. Eran momentos que serenaban mi espíritu y disponían el tuyo para llenarse de una espiritualidad que te diera la fortaleza necesaria en tu condición de saharaui. Eran, aquellos, momentos plácidos, que a los dos nos reconfortaban.
No todos mis pensamientos han sido tan complacientes en estas últimas semanas. Tu inminente marcha, como la de tantos jóvenes saharauis dispersos por tierras ajenas a la suya, que eso es la diáspora, ha traído a mi corazón, recuerdos, que no han dejado de ser dolorosas vivencias. En realidad, el exilio en Tinduf es dolorosa diáspora. Te vas a alejar, sin saber por cuánto tiempo, de tu gente y de una tierra que, sin ser la nuestra, nos acogió, y tú has crecido en ella, sin haber conocido otra. ¿Sabes?, no he podido evitar el ver en la marcha de todos aquellos, entre los que ahora estás tú, con el éxodo, al que nuestro pueblo se vio obligado hace 50 años. Soy consciente de las diferencias, pero también de las semejanzas. La primera diferencia es que tú has salido con un visado español por tiempo limitado, que no se sabe cuánto se alargará, y con un título de viaje argelino, y nosotros huimos perseguidos por las bombas, confiando en que tendría pronto final. Nuestra huida del terror fue trágica, pero la tuya, que lo es de la precariedad, no está exenta de drama. Antes del abandono de España y la invasión por Marruecos, durante muchos decenios transcurrieron nuestras vidas con las de los españoles, pero salvo algunas relaciones personales escogidas, no podría decirse que hubiera convivencia, el colonizador marcaba diferencias y distancias. Sí, yo tenía un contrato de trabajo español, pero yo no pasaba de ser mano de obra, una pieza más en el entramado de la fábrica. A partir de esta noche, tú también quizá obtengas un trabajo, con contrato o sin él, pero no mantendrás con los españoles, salvo esas excepciones puntuales y esporádicas, verdaderas relaciones fraternales, tanto porque la sociedad española, como tal, no es receptiva a nuestra causa, como porque nosotros nos refugiamos en y con nosotros mismos. El éxodo, simultaneado con la guerra, nos dejó heridas en la piel, que lograron cicatrizar, y sufrimiento en el corazón que nunca ha dejado de sangrar. Cada palabra de este recuerdo es una gota de esa sangre. No es imposible que tú también vivas días de desaliento, de incomprensión, todos de añoranza, que sientas oprimido tu corazón, y te consideres víctima, como tu pueblo se podría sentir víctima de la injusticia, del abandono, del olvido, de la opresión, del terror. Pero, no, expande tu corazón, que no es de víctima, sino de superviviente, de resistente. He pensado en aquellas tardes, cuando, después de haberlas pasado en la Bubisher, volvías a la jaima alegre, convencido de que hay otros mundos, otras vidas, que tú también podrías habitar y vivir, sin dejar de pertenecer nunca a los tuyos. Lo habías sabido conociendo personajes de relatos, y poniéndote en lugar de ellos. Ahora estás separado de tu familia, como todos lo estamos de las nuestras, que padecen terror al otro lado del muro. Muchos han muerto sin nuestra presencia, incluso sin enterarnos, pero las huellas de su paso por nuestras vidas, desde la cercanía o desde la distancia, solo se borrarán cuando nuestros corazones se cierren para siempre.
Mientras, Sidati querido, mantengamos nuestros corazones abiertos a la vida, con la esperanza del futuro que nuestra resistencia merece. Habrá un día en el que tú y yo nos demos el abrazo del recibimiento, cuya huella permanecerá en tu corazón, después de mí, pues las huellas que no se borran son las de quienes ya no tienen peso, cuando están talladas con el amor, que yo te tengo, forjado en el sufrimiento y la esperanza”.
(Inspirado en la novela “Donde el corazón te lleve”, de Susana Tamaro)
Fernando Llorente






