Mónica Rodríguez acaba de recibir el Premio Gran Angular 2018 con su novela «Biografía de un cuerpo» , una novela tan valiente como su autora quien, además, se carazteriza por su honestidad, su fuerza interior y su profunda mirada hacia todo cuanto la rodea.
Mónica es bubishera de corazón y de acción y así lo demostró cuando hace apenas unas semanas, compartía con sus dos hijas pequeñas la experiencia de unificar en una dos historias.
Esta es su crónica
No fue el viento el que trajo un pedazo de mar a la hammada ni una duna a la ciudad de Madrid. Fueron los niños españoles del colegio Nuestra Señora de la Paloma, mano con mano con los niños saharauis de la biblioteca El Nido de Smara. Como si de una sola voz se tratase, sus palabras crearon dos cuentos llenos de Arena y de Agua. Dos cuentos entrelazados como un abrazo. Sentados en el suelo de la clase de Madrid y en la arena del Sahara, sus palabras se aunaron, transformando la distancia de los mapas en la proximidad de los sueños. Un sueño que se materializará en forma de libro para seguir construyendo lazos, esperanzas, bibliotecas. Para que el pájaro que trae buenas noticias siga llevando a los campamentos de refugiados del Sahara la esperanza del mar. Su mar.
Durante Semana Santa, Paula y Lucía, mis dos hijas pequeñas, y yo viajamos a los campamentos, llevando en la maleta la ilusión de los niños de sexto del colegio de Lucía en forma de cartas y de cuentos. Con ellos habíamos trabajado para acercarles la realidad del pueblo saharaui: sus jaimas, su té, su lucha, su dignidad. Leímos todos juntos El niño de luz de plata, el libro creado por los niños del club de lectura de Farsía, coordinado por Gonzalo Moure. Lo leyeron en español y en árabe, a través de la voz de Alaadin, un niño sirio que lleva dos años en el colegio. Siguiendo el mismo juego de preguntas y respuestas que iluminó El niño de luz de plata, los casi 50 niños de sexto crearon un cuento, a partir de la frase “Un día el viento trajo una duna a la ciudad”. Descalzos, sentados en el suelo del aula, sus palabras fueron tejiendo una historia hermosa que enlazaba a Arena, la niña española protagonista del cuento, con una niña del desierto. Una niña de los campamentos de refugiados. Y en su historia late la esperanza de hermanar ambos pueblos. Como estuvieron. Como deberían seguir estando.
Los primeras días en los campamentos los pasamos en El Aaiun reencontrándonos con Amaina y su familia, la niña que convivió tres veranos con nosotras en Madrid. Hacía tres años que no nos veíamos. La hospitalidad legendaria de los saharauis nos hizo sentir que volvíamos a casa. Que ese pedazo de desierto, de nada, estaba lleno de cálidas conversaciones alrededor del té, de recuerdos vividos y de muchos otros que están por vivir.
Tres días después, Hassana nos vino a busca y nos llevó a Smara. A esta nueva aventura se sumaba Amaina. Nerviosas, las cuatro íbamos con el deseo de llevarles ese pedazo de mar que invitara a los niños de la biblioteca a imaginar su propio cuento. Llevábamos las cartas y el relato titulado Arena que habían creado los niños españoles, pensando en ellos. También llevábamos esponjas, papeles, cartulinas y colores para hacer ese trozo de mar con el que jugar después a ser escritores todos juntos. Los niños de aquí y los de allí. Aquí y allí, un único lugar en nuestros corazones.
El primer día que fuimos a la biblioteca, Medje nos recibió entusiasmada. Pudimos comprobar su buen hacer con los niños, su empatía, su vitalidad, sus ganas de contagiar el placer de la lectura. Ella fue nuestro puente entre los dos idiomas. Leímos las cartas, grabamos los vídeos con sus respuestas y los niños, doce en total entre 5 y 14 años, escribieron en árabe todos los nombres de los niños españoles y les dibujaron banderas saharauis.
El segundo día, junto con algunas niñas pequeñas, construimos un mural con el material que habíamos llevado. Las manos de Lucía, Paula, Amaina, Medje, Aya, Assda o Shaia se juntaron para traer ese pedazo de mar al desierto. Aún no habíamos podido crear juntos el cuento que habíamos ido a buscar, así que estábamos algo nerviosas. Por fin, el jueves, llegó a la biblioteca el equipo de fútbol Wad Salam (Río de Paz) compuesto por 8 niños de 11 y 12 años. Brahim, el coordinador del Bubisher en el Sahara, fue traduciendo nuestras palabras y a través de su voz les contamos el cuento Arena, creado por los niños españoles. Después, a partir de la frase “Un día el viento trajo un pedazo de mar al desierto”, un nuevo cuento fue naciendo de sus labios, de sus ojos negros como la noche saharaui. De sus corazones. Les habíamos dicho que podían crear el cuento que quisieran, era su cuento y no tenían por qué enlazarlo con la historia creada por los niños españoles, pero quisieron que Arena estuviera presente junto a Elma (Agua). Las dos niñas, su amistad, su esperanza. Porque Arena y Agua estaban allí junto a nosotros dándose la mano. Todo sucedía en sus palabras y dentro de sus ojos. Y así, escuchamos el canto del pájaro que trae buenas noticias y que se mezcla con la sal del mar y la arena para hacernos el mejor regalo posible: el poder de la palabra que transforma la vida.
Con esa alegría y ese cuento, regresamos al Aaiun para despedirnos de Amaina y su familia. Nos llevó Hassana, que estuvo siempre atento para que nuestra estancia fuera la mejor de las posibles. Ni siquiera las nueve horas de espera en el aeropuerto de Argel, al regreso a España, empañó nuestras vivencias en los campamentos, de donde volvíamos con un pedazo de mar y una duna en nuestras maletas. Pronto, Arena y Agua se convertirán en libro para que muchos otros niños y niñas españoles y saharauis sientan la fuerza de los cuentos, capaces de transformar las palabras en bibliotecas del desierto.
Mónica Rodríguez








