
Ocho letras que nos separan. Lo que para ti, que la dibujas en una biblioteca, es utopía, para mí, que la disfruto en este mundo artificioso, es tan solo un rastro melancólico. En nuestro tiempo de la lucha por ella, por la libertad, también fue una utopía que creímos alcanzar. Nadie en la historia ha vivido un período tan dulce como el que me ha tocado disfrutar. Para ti, para tus padres, para tus abuelos, ha sido el período más cruel: guerra, exilio, espera y olvido. El estado del bienestar del que gozo (aún), está basado en el estado de malvivir de la mayoría de los pueblos del mundo. Yo hago planes de playa y diversión mientras tú sueñas lo que ya parece imposible. Hasta los que crees que son tus enemigos se lanzan al mar y se ahogan y dejan cadáveres anónimos en los depósitos de Ceuta. Y a lo lejos retumba la máquina de guerra que asola Gaza y las excavadoras que roban la tierra de los palestinos en Cisjordania. Yo nombro a la libertad como Nacha Guevara en su canción, pero sé que la mía, mi libertad, es también tu prisión y tu opresión. Yo, como Gabriel Celaya y Paco Ibáñez, maldigo la poesía y las palabras de quien lavándose las manos se desentienden y evaden. Es decir: me maldigo, porque nada es bastante, porque mi libertad no puede ser tu opresión. He contribuido como muchos más para que tengas esa biblioteca en la que nombras a la libertad, pero no, no es bastante. Y lo peor es que ni siquiera sé qué más hacer. No son palabras, son lo más necesario, lo que no tiene nombre. Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.
Gonzalo Moure






