
_Me gustaría que me dijeras cómo hace uno para saber cuál es su lugar? Yo por ahora no lo tengo, supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y no me pueda ir, supongo que es así, ya va a aparecer. Todavía tengo tiempo de encontrarlo.
Así le decía a su padre, delante de su tumba, el joven Ernesto cuando regresó al pueblo desde Buenos Aires en la última escena de la magnífica película de Adolfo Aristarain.
A muchos hombres y mujeres de este mundo les cuesta mucho encontrar su lugar, no porque no lo tengan, no porque no lo quieran o porque no lo busquen. No les dejan, les roban sus tierras, o les echan, o expolian sus recursos, o directamente les masacran. Y no parece importarle a casi nadie. El lugar en el mundo de algunos pueblos lo deciden otros a sus espaldas pero esos otros no saben que a veces para esos dignos pueblos es suficiente la sombra bajo una jaima para crear un mundo propio, les basta con unos cuantos bancos de madera, libros, cuadernos y lápices de colores para seguir amenazando a los poderosos usurpadores y genocidas.
La escuelita del gran Federico Luppi, las charlas de geología del no menos grande José Sacristán o el destartalado dispensario de la diosa Cecilia Roth hicieron que los ojos del niño Ernesto brillasen siempre de emoción y de ganas de justicia y futuro. Os invito a que veáis otra vez la película y os imaginéis en ese pueblo del semidesierto argentino nuestros nidos de Bubisher: no sé si Ernesto llegó a encontrar su lugar en el mundo, pero sí sé dónde está el lugar y el mundo de los niños y niñas saharauis, y no es en la hamada argelina, es otro sitio más hermoso, más rico, más verde y más azul. Y es suyo.
Y amigos, recordad que el pueblo saharaui es paciente, todavía tiene tiempo de encontrarlo.
Javier Bonet






