
Mirando la escena en una de las bibliotecas Bubisher de los Campamentos Saharaui, mi vista se pasea por la estancia, contemplo con atención y con una sonrisa esos dos grupos de chicos y chicas que juegan y se divierten.
Puede que en el exterior, el viento y las altas temperaturas azoten las jaimas y borren los caminos, es posible que el siroco levante nubes de polvo y arena; por eso la biblioteca es un refugio, un espacio seguro de libertad, donde se hace comunidad identitaria.
Tal como dice S. Lebeau «la literatura, los libros son una herramienta muy valiosa para ayudar a los niños y las niñas a superar desafíos y seguir creciendo».
Pero yo añado, no son sólo los libros, en las bibliotecas de los campamentos hay mucho más. Son espacios donde se da acceso al debate democrático, donde se protege a los usuarios más vulnerables, también son refugios climáticos, emocionales, incluso donde se dan encuentros generacional.
Las bibliotecas Bubisher nacen y actúan con un concepto nuevo, reinventado. Se lee, se juega, se habla, se discute, se reflexiona, se propone, se escucha.
Son las bibliotecarias y las personas encargadas, las que ofrecen talleres, experimentos, juegos, teatro… Pero sobre todo, son espacios donde se lucha contra el olvido y por la justicia de un pueblo abandonado. También donde las personas usuarias que las habitan, se transforman en ciudadanas y ciudadanos críticos.
Desde mi posición cómoda de observadora, miro la escena, sonrio y me llena de alegría la existencia de estos espacios de juego, de debate, de risas, de creatividad, donde se lee y no se olvida quienes son ni qué reivindican.
Desde aquí una voz, la mía, para denunciar tanta injusticia y el deseo de que el silencio solo se de, en algunos momentos, en las bibliotecas y que los libros en hassania, en español, en árabe clásico, sean herramientas para la memoria, la imaginación, para un futuro y un país donde podamos gritar juntos: ¡¡¡¡Viva el Sáhara Libre!!!! .
M José Irigaray






