
La imaginación es una forma de resistencia. El agua invisible del desierto se filtra silenciosa en los sueños de siempre jamás y riega los frutos que prosperan bajo el palpitar de las mentes fértiles. Después vienen las cartulinas y las formas y los colores, el alegre juego que transforma la realidad en misterio. Y de ahí todo lo demás: las manos infantiles por donde escurre el agua fresca que suelta la sandía, la sonrisa dulce que se pinta sobre la cara de quienes han mordido la carne roja de la fruta, el sabor que inunda la boca con el mismo gusto que dejan las sensaciones que nunca se pierden.
Pero más allá de ese momento único en el que las niñas del Sáhara juegan a imaginar una realidad distinta, ese trozo de cartón convertido en sandía también se ha erigido ahora en un símbolo de reivindicación y denuncia. A unos cientos de kilómetros de los campamentos de refugiados de Tinduf, Palestina sigue luchando por su derecho a poder vivir en paz y en libertad en su propio territorio. Los colores de las banderas se confunden con los colores de la sandía. Rojo, verde, blanco y negro. Las banderas de Palestina y del Sáhara se hermanan en ese símbolo -redondo, fresco, sabroso- de resistencia.
Marcelo Matas de Álvaro
resistencia al colonialismo.






