
“Tú que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?”. El narrador de La Biblioteca de Babel lanza la pregunta y mi respuesta es el silencio. No pretendo descifrar este texto porque leerlo ha sido como entrar en una cueva a oscuras. Veo el brillo de las rocas, siento la humedad de las gotas que caen y distingo luces y sombras que parecen decir algo, pero no sé qué. Avanzo dando tumbos entre anaqueles que parecen paredes de piedra, perdido en un laberinto donde lo único claro es el eco de mis propios pasos.
Al cerrar el libro, tengo una ventaja que los habitantes de esos hexágonos ignoran: puedo teletransportarme al presente y abandonar la cueva. Sin embargo, al salir, siento una mezcla de pena y angustia por todos esos personajes perdidos en busca de todo y de nada. Yo mismo buscaba entender el relato para, al final, rendirme y reconocer que no he comprendido nada.
Sin embargo, podría releerlo una y otra vez y seguiría con la misma duda. Porque esta es la Biblioteca de Babel, pero también la de las dudas y las reflexiones. Es el lugar donde habitan la tenacidad de seguir recorriendo anaqueles y el consuelo de saber que, en el fondo, extraviarse es la única forma de habitar esta historia.
Limam Boisha






