
Uno puede esperar a que llegue la primavera oliendo la brisa de la tarde en la fiesta del Sham el-Nessim en Egipto o el frescor de las flores del Bloemencorso Bolesnstreek en Holanda, o, poniéndonos ya muy cursis, viendo cómo florecen los sakura, los cerezos, en Japón. Y si vamos de tópicos podríamos también esperarla mientras escuchamos a Vivaldi y contemplamos el cuadro de Botticelli en el que una hermosa venus esparce rosas en un huerto de naranjos lleno de frutos maduros.
Y si en nuestra mano llevamos, así en plan intelectual, un ejemplar de “La primavera de Praga”, de Delibes, tenemos el pack completo. ¡Alergias a mí, Sabino, que las arrollo!
Aquí, la primavera no se manifiesta con grandes lluvias (bueno, a veces nos sorprende) ni con paisajes verdes sino con pequeñas señales, una brisa más suave, temperaturas algo más llevaderas y algunos brotes verdes que rompen la monotonía del paisaje. Pero en los campamentos la primavera simboliza resistencia y esperanza, nos recuerda que incluso en condiciones no fáciles la vida sigue abriéndose paso.
En nuestro bubisher la primavera se vive de un modo especial, también vamos a celebrar este año su llegada, faltaría más. Nuestros espacios se llenan de vida, de voces y de historias que viajan más allá del desierto y se convierten en una estación simbólica donde las ideas crecen y se renuevan. Vamos a adornar las aulas, a pintar tulipanes de mil colores, vamos a hacer rosas de papel para que luzcan en nuestros humildes huertos con las talhas y las moringas que no son menos hermosas que los cerezos nipones.
Las bibliotecas bubisher son una primavera constante en el corazón de la comunidad saharaui, un lugar donde siempre es posible sembrar sueños y cosechar futuro. Así, podemos soñar con Vivaldi o Botticelli enseñando a nuestros niños a pintar primaveras o a componer himnos preciosos. Y ellos, encantados. Y los niños.
Javier Bonet






