
Cuando un padre entra con su hijos en una biblioteca, y lee un cuento al más pequeño mientras los otros pintan o hacen manualidades, y más tarde nos comenta que qué maravilla es esto del Bubisher y nos agradece de corazón nuestra presencia en los campamentos, uno no puede dejar de pensar que algo estaremos haciendo bien.

Cuando uno se encuentra a cientos de niños sentados, muy atentos a la pantalla, viendo la historia de su pueblo y las injusticias que con él se cometen, uno piensa: ¡ostras, más cine para estos niños, por favor!

Si a una voluntaria cubana se le abren los ojos como platos cuando escucha de nuestra boca la promesa de nuevos materiales de laboratorio o de libros para su biblioteca, a nosotros se nos llena la cabeza de nombres a los que empezar a pedir cosas y visualizamos en nuestra mente una furgoneta llena de microscopios y probetas rumbo a Tinduf.

Si cuando conocemos a los nuevos miembros de nuestro proyecto y percibimos claramente su compromiso y sus ganas de nuevas iniciativas y propuesta, o cuando nos piden desde Dajla que no les olvidemos, que ellas también quieren que sus niños y niñas disfruten de la magia y de otros proyectos, no podemos dejar de sentirnos aliviados y esperanzados en que el futuro es prometedor.


Sí, durante este viaje hemos podido ver que el vuelo de nuestro bubisher sigue alto y firme mientras que en la sociedad de los campamentos saharauis se están produciendo muchos cambios, para bien y para mal, claro, y se está instalando cierto estado de decepción que ya es latente. Nuestras bibliotecas ahí siguen después de tanto tiempo, en medio de la nada, brindando color y esperanza a un pueblo que no se merece lo que hacen con él.

Cada día en nuestros nidos es un aviso a navegantes: aquí estamos, no nos rendimos, la cultura, la educación, la sonrisa son nuestras armas, mientras nos obliguéis a estar aquí, aquí estará el Bubisher volando alto y firme.
Javier, Blanca, Palma






