PIZARRA

Cada mañana despierto limpia, en silencio, esperando las manos que me hablarán. Hoy fueron las de una niña. Pequeñas, , firmes, seguras. Cuando apoyó el marcador rojo sobre mí, sentí el primer trazo como un latido, me convertí en un territorio donde su mano tenía autoridad.
Escribió palabras y números en español y árabe sin jerarquías: ojos, boca, nariz. Idiomas distintos, saberes distintos coexistiendo sin borrarse entre sí.
Cada palabra escrita no eran solo letras; eran reconocimientos.
Cada una quedaba grabada en mí como una declaración. Esto existe, esto importa. He visto pasar muchas manos, pero cuando escriben las niñas, algo cambia. Sus palabras no piden permiso, se abren camino.
Yo guardo sus marcas, aunque sé que al final vendrá el borrado. No me entristece. Porque borrar no es olvidar. La escritura deja huella en quien escribe, no en mí. La escritura fija lo que la voz a veces no puede sostener. Permite pensar, recordar y cuestionar. Yo solo soy el puente.
Mientras ella unía números y palabras, su sombra se mezclaba con la mía. Grande. Presente. Pensé entonces que mi tarea no es solo sostener lecciones sino voces.
Y hoy , orgullosa y cubierta de letras, fui testigo de algo sencillo pero profundamente poderoso: una niña escribiendo , empezando por nombrarse en él.
Cándida Santiago

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