
Sobre la tierra desnuda de la Hamada, los niños se inclinan como si buscaran algo que no se ve a simple vista. No hay libros abiertos ni palabras escritas todavía. Hay imágenes dispersas, pequeñas islas de sentido que las manos van acercando unas a otras con cuidado.
Emparejan, comparan, dudan. Aprenden sin saber que están aprendiendo. El juego es el lenguaje primero, y el suelo, ese mismo suelo que el exilio no les ha podido arrebatar, se convierte en aula.
Bajo la sombra humilde del jardín de una biblioteca Bubisher, el conocimiento no llega en forma de lección, sino de descubrimiento compartido. Cada imagen encontrada, cada relación acertada, es un gesto mínimo pero decisivo: encontrar el mundo para no perderlo.
En un lugar donde casi todo es espera, estos niños no esperan. Construyen sentido, carta a carta, sobre la tierra que algún día recordarán como el lugar donde empezó a ordenarse el futuro.
B. Lehdad






