



Quienes conocen el lugar en el que se ubican los campamentos de refugiados saharauis saben de la dureza de la hamada; quienes viven en ellos saben que en medio de ese inmenso pedregal la vida vegetal es posible. Prueba de ello son los jardines del Bubisher, espacios que, poco a poco, se van llenando de árboles y flores. Árboles que regalarán su sombra en los meses más tórridos, flores que adornarán los momentos de lectura al aire libre. Naturaleza viva que permitirá que los niños y niñas observen cómo crece, aprendan a respetarla y disfruten de su belleza.
Porque, incluso en el desierto del desierto, con un poco de entrega y mucho cariño, la generosidad del mundo vegetal aflora.
Lo cierto es que desde que nuestros compañeros saharauis decidieron poner un jardín en cada biblioteca, hay una especie de luz nueva que irradia armonía.






