Una vez, siendo yo muy niña, tuve un gran disgusto con mi madre; no me permitió estrenar las katiuskas rojas que acababan de dejarme los Reyes Magos, en un momento que, a mi parecer, era el más adecuado para hacerlo: bajo un aguacero inclemente del mes de Enero.
Entonces, sin hacer ningún esfuerzo por contener un llanto lleno de rabia y resentimiento, me refugié en lo que mi padre consideraba “su biblioteca“: una pequeña trastienda, detrás del establecimiento de comestibles de la familia. Allí guardaba unos cuantos libros, muy pocos en realidad, pero tesoros para él.
Para mi no eran nada mas que libros-objeto, ya que aún no sabía leer, pero puesto que mi padre pasaba allí todo el tiempo que su trabajo le dejaba libre y parecía ser muy feliz dentro, consideré que era el mejor sitio para buscar consuelo a mi disgusto. Entonces solo fue un lugar donde ponerme a salvo de la regañina de mi madre. No mucho más tarde, en aquel rincón angosto de la tienda de mi padre, aprendería a leer y a descubrir las maravillas que los libros guardaban en su interior. Aprendería a soñar con los viajes de Herminia alrededor del mundo del “Lecciones de Cosas“; descubriría que en un lejano lugar llamado India un señor pequeñito y un tanto estrafalario, llamado Ghandi, desafiaba al poderoso imperio británico. Y tantas otras cosas. Desde entonces, las bibliotecas siempre han sido un refugio para mí. El mejor de los refugios.
Ahora, cuando veo las fotografías de las bibliotecas que El Bubisher ha construido en los campamentos de refugiados del Sahara, llenas de niños y niñas y jóvenes volcados sobre los volúmenes que sostienen en sus manos, no puedo evitar el volver a aquellos días y pensar que sin duda también es para ellos el mejor de los refugios, aunque tal vez no sean aún conscientes de ello.
Refugio, en primer lugar, para los sentidos de los niños y niñas. En su interior, espacioso, estantes coloridos de libros y juegos, los ojos descansan del desierto implacable.
Refugio para sobrellevar, aunque sea temporalmente, las temperaturas inhumanas del exterior.
Pero, sobre todo, refugio para ponerse a salvo de la ignorancia, el más abrasador de los soles. Para descubrir que hay otras culturas, otros mundos, muchos mundos, y que no hay que despreciar a ninguno porque de todos se puede aprender algo bueno, enriquecedor para la propia vida, para el propio futuro.
Y este es un viaje de ida y vuelta en el que también nosotros tenemos mucho que aprender.
Sin duda esas bibliotecas, que hoy en día pueden parecer casi el toque exótico y “casi lujoso“ de los campamentos, se van a convertir, se están convirtiendo ya, en algo imprescindible para la supervivencia de los refugiados mas jóvenes de Smara, de Auserd, de Bojador y, muy pronto, de Dajla.
Porque la supervivencia es algo más que ayuda alimentaria. Solo sobreviven los pueblos conscientes de sí mismos y de su lugar en el mundo. Así entenderemos mejor la necesidad de las bibliotecas Bubisher.
Tina Blanco, escritora.







