
Llegaron las vacaciones y, con ellas, un verano infernal se ha instalado en el desierto argelino de la hamada, donde desde hace más de cincuenta años los refugiados saharauis seguimos esperando el regreso a casa.
Cuando cerré la biblioteca de Bubisher por última vez, me quedé mirando fijamente la puerta, como si quisiera retener en la memoria cada instante vivido allí. Recordé a los niños que llegaban cada atardecer, con los ojos brillantes, a escuchar un cuento en aquella sala donde el tiempo parecía detenerse en quietud y paz.
En los cuentos fantásticos existe algo que no habita en el campamento: el mar azul, inmenso como el desierto, pero lleno de vida y de criaturas hermosas que nadan en libertad; la selva espesa, poblada de animales salvajes que rugen entre la sombra verde; ciudades grandes y luminosas donde la vida late de otra manera; montañas vestidas de árboles, donde la lluvia cae fiel cada día y da de beber a ríos caudalosos.
En el campamento no hay playas, ni piscinas, ni parques, ni siquiera la sombra de un árbol. Pero hay algo que ningún cuento puede inventar: la mirada de una gente buena, con los ojos llenos de esperanza, y el latido silencioso de la biblioteca de Bubisher, que sigue siendo, a pesar de todo, un pequeño oasis de sueños.
Dehdu, coordinadora de la biblioteca de Bubisher, Smara






