ÚLTIMO TÉ EN EL CAFÉ DE RICK.

 

Antes de entrar se debe saludar: «Assalamu 3aleikum». Pero el viento de la hamada nunca llama antes de entrar y mucho menos saludar. Se cuela por las costuras de las jaimas, levanta remolinos de cal y deja sobre las cosas una fina capa del mismo color con el que el desierto iguala los recuerdos. En Rabuni, donde la espera convive con el calendario, existe un pequeño refugio de adobe y chapas onduladas al que todos conocen como el Café de Rick.

​Nadie recuerda quién le puso aquel nombre. Algunos aseguran que fueron unos estudiantes que habían visto demasiadas veces una vieja copia de Casablanca en el desaparecido Cine Las Dunas de El Aaiún; otros sostienen que llegó con un cooperante español que nunca regresó. Brahim jamás dio importancia al asunto.

​—Los nombres cambian menos que las personas, solía decir mientras limpiaba un vaso con un paño tan viejo como él.

​Brahim rondaba los sesenta y cinco años y caminaba con una ligera cojera, regalo de la metralla pocos meses antes del alto el fuego de 1991. Vestía una darraa azul y tenía la mirada de los hombres que han sobrevivido demasiadas veces para seguir creyendo en las casualidades.

​Su café no tenía piano. En su lugar, una vieja radio Sony respiraba con dificultad sobre un estante. Algunas tardes emitía noticias que nadie creía; otras, cuando las pilas tenían ánimo, dejaba escapar la voz de Mariem Hassan. Entonces el local entero parecía enderezar la espalda. Brahim, sin cambiar de expresión, escuchaba, miraba y seguía sirviendo té.

​Todos creían conocerlo: los observadores de la MINURSO que desayunaban allí, los cooperantes y los chóferes que buscaban la sombra. Pero nadie lo conocía. En su café, las conversaciones duraban más que el azúcar del primer vaso.

​En una mesa cercana a la entrada se reunían cada tarde los muchachos a los que Brahim llamaba, para sus adentros, los Ricks. Habían nacido en los campamentos y regresaban de universidades extranjeras con títulos impecables y un futuro lleno de interrogantes. Reían mucho; la ironía era la única riqueza que nadie había conseguido racionarles.

​Más al fondo preferían sentarse los Laszlos: viejos combatientes que orientaban sus sillas hacia el Atlántico, como si desde allí todavía pudiera verse El Aaiún. Conservaban llaves de casas que quizá ya no existían y fotos descoloridas. Nunca hablaban del regreso como un sueño, sino como una cita aplazada.

​Brahim servía el mismo té a unos y a otros. Nunca preguntaba, nunca opinaba.

​—Aquí solo se sirve té y algún café, sentenciaba cuando alguien intentaba arrastrarlo a una discusión política. Y todos terminaban creyéndolo.

​Aquella tarde el aire estaba especialmente pesado. Una mujer europea ocupaba una mesa discreta cerca de la pared. Llevaba varios días alojada en Protocolo; leía despacio, anotaba mucho y observaba todavía más. Sabía que en el desierto casi todo lo importante sucede sin levantar la voz.

​Pocos minutos después apareció un hombre envuelto en una darra3a color arena. Su rostro estaba quemado por el sol reciente de los territorios ocupados, no por el de los campamentos, y traía el cansancio de quien ha caminado muchas noches seguidas. No buscó asiento; solo pidió un té amargo.

​Brahim levantó la vista apenas un instante.

​—Hace tiempo que no venías.

​—Había demasiado ruido al otro lado —contestó el cliente.

​Fue toda la conversación. Mientras la radio dejaba escapar un viejo lamento de Mariem Hassan, el desconocido dejó una pequeña memoria digital sobre el mostrador, oculta bajo unos billetes arrugados.

​Brahim ni siquiera la miró. La cubrió con el paño de secar los vasos y continuó trabajando. Para cualquiera habría parecido el gesto rutinario de un camarero, pero en aquel diminuto rectángulo de plástico viajaba la memoria: grabaciones clandestinas, nombres escritos con prisas, imágenes de detenciones y pruebas suficientes para atravesar un muro mucho más alto que el de la vergüenza. Aquella mercancía no podía detener una guerra, pero podía impedir la peor de las derrotas: el olvido.

​La puerta del café se abrió de golpe. Entró primero el viento y, tras él, un estallido de voces: el grupo del Bubisher. Acababan de llegar del aeropuerto con el retraso habitual, arrastrando mochilas y cajas repletas de libros para las bibliotecas de los campamentos.

​—¡Brahim! Creíamos que este año te ibas a jubilar —exclamó una voluntaria entre risas.

​—Lo intenté —respondió él con una leve sonrisa—, pero nadie hace el té como yo.

​Las carcajadas llenaron el local, rompiendo la tensión. Los cooperantes saludaban a conocidos, los chóferes ayudaban a descargar y el desorden providencial que Brahim necesitaba se adueñó del espacio. Con un movimiento tan natural como limpiar la barra, recogió los billetes. La memoria digital desapareció bajo el paño y, un segundo después, descansaba oculta en el doble dobladillo cosido en el interior de su darra3a.

​Nadie advirtió el gesto, ni siquiera el hombre que la había traído. Él solo terminó su té y esperó.

​Brahim sirvió cafés y tés dulces a los recién llegados. Solo entonces volvió la vista hacia el desconocido. No hizo falta ninguna contraseña, ni ninguna despedida; bastó un leve movimiento de cabeza. El hombre comprendió que la carga había cambiado de manos y, por primera vez desde que cruzó el muro, respiró con tranquilidad.

​La noche cayó sobre Rabuni con la rapidez con la que el desierto apaga el día. Poco a poco, el Café de Rick fue quedándose vacío. Los voluntarios del Bubisher se retiraron a sus alojamientos y los últimos clientes apuraron sus vasos.

​Brahim esperó a que la puerta quedara quieta y entonces apagó una a una las luces. La radio emitió un último crujido antes del silencio. Durante unos segundos, solo quedó el sonido del viento golpeando el adobe.

​Brahim apoyó las manos sobre el mostrador. Había pasado media vida viendo entrar personas en aquel café: unos buscaban un camino, otros una noticia, y algunos, simplemente, un lugar donde descansar del peso del mundo. Pensó en los nombres que ahora viajaban escondidos en su ropa y miró la cafetera preparada para el día siguiente.

​Sonrió ligeramente. El desierto podía tardar años en cambiar, pero algunos hombres seguían haciendo lo mismo cada mañana: abrir una puerta, encender el fuego y resistir.

​Antes de salir, Brahim apagó la última luz.

​—Mañana habrá más gente —dijo para sí mismo, sin saber si hablaba del café o de la historia.

​Cerró la puerta. Afuera, la hamada seguía inmensa y silenciosa, pero en algún lugar más allá del muro, una verdad acababa de empezar su propio viaje. Y el Café de Rick, como siempre, seguiría abierto.

Bachir Lehdad

 

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