EL NOMBRE DE LA ROSA

En el jardín del Bubisher tal vez no haya rosas, pero sí ha llegado la luz y por eso puedes ver los rosas cálidos que miran con ojos melancólicos, esos ojos ensoñando, frente a los adobes beiges dorados reflejo de las arenas cercanas.

No no son rosas, pero mirando la danza de los pliegues de la melfa iluminada por esos pensamientos que llegan flotando desde los libros leídos en esa biblioteca del desierto los imaginas.

No, no es la biblioteca del Nombre de la Rosa de Umberto Eco, esa llena de laberintos donde los libros matan, tan diferente a esta otra de los campamentos donde pasas horas en otros laberintos envuelta en libros, libros que salvan.

Miro tu melfa rosa, miro la luz que desprendes y pienso en la crueldad de la humanidad, en la crueldad de las dictaduras, en la crueldad de un pueblo olvidado, de un pueblo abandonado, de un pueblo de dignidad, de unos niños que juegan, de tu hija que pasará dos meses a miles de kilómetros.

Tú mientras rezas una plegaria mirando al cielo con mirada digna y valiente, imaginando tu futuro; su futuro lleno de jardines, lleno de laberintos de rosas que huelan a esperanza caminando entre las arenas que la llevan a esa biblioteca donde tiene la certeza y no el dogma de que seguirá resistiendo, seguirá soñando con los nombres de las rosas la flor de las flores.

Viva el Sáhara libre llena de cine, de libros, de te, de conversaciones, de colores, de pájaros y de mucho amor.

MJosé Irigaray

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