
La maestra, a punto de jubilarse, acarició el borde de madera de su escritorio. Al cerrar los ojos, el silencio del colegio vacío se llenó, de repente, de ecos de risas infantiles de hace veinte años.
Se vio a sí misma en el patio, mucho más joven, con el pelo recogido en una coleta que bailaba al ritmo de sus pasos.
¡ «El Lazarillo con Aro»! gritaba en el recuerdo. Aquel juego que tanto les gustaba.
Se coloca un aro en el suelo a cierta distancia. El jugador, tras memorizar su posición, debe cerrar los ojos e intentar caminar hasta quedar exactamente dentro del círculo.
Según los manuales, este juego estaba dentro de las dinámicas de orientación espacial a ciegas, equilibrio, coordinación y confianza para mejorar el control del cuerpo en movimiento.
Pero… esa era la parte técnica. Una vez terminado el juego, sentada en círculo con sus alumnos, volvían a la calma y dialogaban.
El aro tiene forma de círculo, y eso se parece a la vida: algo completo, continuo, en movimiento. La vida avanza, si, pero a veces sentimos que damos vueltas sobre emociones, recuerdos y sueños que hemos vivido.
Ir hacia el círculo con los ojos tapados se parece a la manera en que vivimos. Que nadie conoce realmente el camino mientras lo recorre. Vivimos tanteando, guiados más por la intuición, el deseo o el miedo que por certezas.
La vida tiene un orden, un recorrido y una forma, aunque nosotros solo percibamos fragmentos mientras avanzamos a ciegas.
Y, aun así, seguimos avanzando. Confiando en cada paso que nos conduzca al desarrollo pleno como seres humanos.
Un golpe suave en la puerta la trajo de vuelta al presente. Era el conserje, avisando de que ya era hora de cerrar.
Tomó su bolso, echó una última mirada al patio vacío a través del cristal y sonrió.
Cándida Santiago






