EL CIELO PROTECTOR

Con las primeras luces del día se abre sobre la hamada un escenario sin decorado alguno, solo una cámara de un intenso azul que, al contrario que la cámara negra de los escenarios teatrales, no delimita el espacio, cuyos confines coinciden con los del corazón de la población refugiada saharaui. Aparece así, el cielo, en la mayor parte de los días, elevándose el sol por encima de las jaimas, tan redondo y tan grande que, en lugar se subir, se acerca, y tan blanco que los perros lo ladran, a pesar del azul del cielo. Pero hay días, en los que el brillo del sol se oscurece, si un viento bate el polvo hasta llevarlo a punto de tempestad, y la arena baila entre la tierra y el cielo, tiñendo el sol del color del desierto. Son los días, en los que la tormenta de arena borra la luz agresiva del cielo, a veces cálida; fría, a veces, casi siempre excesiva, ejerciendo una violencia destructora. El cielo se muestra inclemente, tanto con su luminosidad persistente, como en su repentina opacidad.

En la noche, libre de la tiranía del sol, y despojado de otras impertinencias ambientales, el cielo del desierto se muestra como un inmenso manto bordado a punto de luz, cuyo frío estelar se aviene con la calidez de la hoguera, que ilumina el rito familiar del té, y cuya música astral se compadece con el ritmo de los versos y las narraciones que los mayores comparten con los más jóvenes, sobre todo en los días y las noches, que conviven en la badia, así como ponen callada cadencia al susurro de la última oración del día. Mirando a lo alto de la noche, la población refugiada, quizá sin demasiada toma de conciencia, se sabe arropada.

Hace unos días, un amigo, integrante, de la ONG Cantabria por el Sahara llevó a su muro de Facebook estos dos versos del poeta portugués Eugénio de Andrade: “basta un pájaro/para sostener el cielo”. Sí, y no es preciso que sea un pájaro de gran envergadura. El bubisher es un pájaro pequeño que, no solo tiene la misión de llevar buenas noticias a aquellas jaimas en las que posa su escaso peso, sino que su solo nombre sostiene cinco parcelas de cielo, una en cada una de las cinco wilayas. Cinco parcelas de cielo en la tierra, en la dura tierra de la hamada. Cinco parcelas de cielo, estas sí decoradas por dentro, a salvo de tormentas de arena, y por fuera, donde cinco jardines ofrecen flores y hasta donde se animan a llegar mariposas. Cinco parcelas de cielo, donde, a plena luz del día, se escuchan versos, relatos e historias, con las que se juega a representarlas, y que buena parte de la población refugiada más joven compartir y comparar con las de sus mayores en las noches de jaima. Cinco parcelas de cielo que iluminan los sueños de tantos niños, tantas niñas, tantos y tantas adolescentes, tantos y tantas jóvenes durante las horas del día y apaciguan su sueño en las noches. En fin, cinco parcelas de cielo, con sus ángeles benéficos, bajo el cielo rabiosamente azul del día y profusamente estrellado de noche, sostenidas en tierra firme por el nombre de un pequeño pájaro, que les protege. A despecho de lluvias torrenciales y oscuras tempestades.

Fernando Llorente

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