EL ABRAZO

En la biblioteca, donde las estanterías se elevan como montañas de historias y los libros descansan unos junto a otros como viajeros que comparten sus aventuras, un niño abraza un libro. Es un gesto sencillo pero con un contenido profundo porque cada página de ese libro es una aventura, cada palabra una semilla, cada historia un puente a lo desconocido.

El niño de ojos negros como el azabache y  sonrisa suave rodea el libro con cuidado, como quien protege un tesoro. No es un tesoro de oro ni de piedras preciosa; es algo más valioso…

En la portada aparece María Montessori, pionera de una forma de entender la infancia como un jardín lleno de posibilidades. Y quizás sin saberlo, el niño está sosteniendo mucho más que una biografía: está sosteniendo una invitación.

-Ábreme. Tengo algo que contarte.

Y el niño escucha.

No con los oídos, sino con esa forma especial  de escuchar que tienen los niños cuando miran un libro y sienten que detrás de la portada existe un universo entero por descubrir.

Los niños no son recipientes que hay que llenar, susurró una voz suave entre las páginas. Son fuegos que merecen ser acompañados para que brillen con su propia luz.

El niño miró a su alrededor y todo seguía igual. La mesa de madera, las estanterías, las sillas de colores, el silencio amable de la biblioteca. Pero algo había cambiado dentro de él.

Comenzó a comprender que aprender no era repetir lo que otros decían. Aprender era descubrir.

Las páginas siguieron hablándole.

Aprender con las manos. Aprender observando. Aprender explorando. Aprender por que se desea aprender, no por premios.

Observa cómo crece una planta parecían decir. Nadie tira de ella para que crezca más rápido. Solo se le ofrece la luz, el agua y el espacio adecuados

El niño sonrió.

Entendió que educar no consiste en moldear a las personas según nuestros deseos, sino en crear las condiciones para que desarrollen todo lo que llevan dentro.

La verdadera tarea de los adultos no es caminar delante del niño, ni empujarlo desde atrás. Es caminar a su lado, observando, acompañando y confiando.

Algunos niños aprenden a leer antes. Otros necesitan más tiempo. Otros necesitan más tiempo. Algunos observan en silencio, durante días antes de actuar. Otros exploran sin descanso desde el primer momento. Ninguno está equivocado. Cada uno sigue el camino único de su desarrollo.

El niño recordó las veces que había querido resolver un problema sin ayuda. ¡Tal vez aprender también significaba confiar en las propias capacidades!

Cuando cerró el libro, lo abrazó todavía con más fuerza. Ya no sostenía la historia de María Montessori. Sostenía la confianza en sí mismo y la alegría del descubrimiento.

Quizás dentro de unos años no recuerde el color exacto de aquella mesa de madera ni la disposición de las sillas en la biblioteca. Tal vez los detalles se desvanezcan con el tiempo. Pero algo permanecerá: la sensación de haber descubierto que las páginas de un libro pueden convertirse en alas para volar, volar como lo hace el Bubisher.

Cándida Santiago

 

 

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