
Tenía que acabar ocurriendo. Tanto visitar los bibliobuses Bubisher las escuelas, daira por daira, tenía que acabar produciendo un efecto extraordinario a tan temprana edad, aunque desde que nacieron venían observando en sus mayores actitudes y palabras serias dentro de las jaimas, sin perjuicio para sus juegos alegres y despreocupados fuera de ellas. No han alcanzado la edad de disfrutar de unas Vacaciones en Paz, y conocer en vivo otras formas de vida, aunque sí han oído hablar de ellas a sus hermanos, vecinos y amigos de más edad, y poco a poco han ido comparando, que es una forma de conocimiento, con el incipiente sentimiento de que sus vidas están a enorme distancia, en lo que se refiere al bienestar de un vivir digno, por más que ennoblecido por la dignidad de un pueblo, de la que también los más pequeños son depositarios.
Desde el día en que los bibliobuses, con el vuelo lento y raso, como si le pesaran las alas, del Bubisher, llegaron a las escuelas se le abrieron a la población refugiada saharaui infantil las ventanas de la imaginación, por las fueron entrando colores de otros cielos, aires de un mar, del que ya habían oído hablar a sus mayores, sin prestarles más atención que la que se presta a los recuerdos de otros, por más cercanos que sean. Como sea, la llegada. El trabajo conjunto de las maestras y maestros, que les enseñan a situarse en los límites estrechos de su mundo, y de las bibliotecarias con sus equipos educativos, que a base de lecturas y actividades lúdico-instructivas, cargadas de sentido y sensibilidad, les iban haciendo, sin darse cuenta, conscientes de que su niñez, sin perjuicio de la atención y cariño dispensados sin reservas por parte de sus padres, sus hermanos, sus vecinos, sin embargo, algo les estaba enturbiando el presente y obstaculizando su futuro. En la adversidad, la niñez, sin dejar de serlo, lo es menos. La llegada, tan esperada como festiva, de los bibliobuses Bubisher, con su carga de amor y la promesa de un mundo mejor y más bello, propicia que en el espíritu de los más pequeños se vayan entreabriendo caminos de libertad.
El caso es que un buen día se fue corriendo por los barrios la voz, aún no cambiada, convocando a una quedada infantil, a la que acudieron niñas y niños, que protagonizaron una sentada frente al mundo hostil, para decirle, con las manos abiertas dirigidas a lo alto, que desde su inocencia y con sus risas esperan que un día llegue el Bubisher, silbando la canción de la justicia y la libertad, esas palabras que han llegado a entender de tanto oírlas invocar a sus abuelos y padres, sin menoscabo del espíritu de resistencia, marca de sus gentes, y el digno estar en el mundo del pueblo al que pertenecen. Con las manos arriba abiertas, las niñas y los niños denuncian, con su sentada, que no se proteja su niñez, al tiempo que proclaman su esperanza en que no se tarde en llamar a la última sentada de inocente protesta pacífica y victoriosa, aunque para entonces, ellos, los de esta primera sentada colectiva, de la que aquí queda constancia, ya sean adultos.
Fernando Llorente






