
Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle
no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro
García Lorca
Fátima crecía en belleza y sabiduría y esa mañana le preguntó a su abuela si la acompañaba a la biblioteca del Bubisher.
La abuela con una sonrisa le puso una condición:
– Si tú me ayudas a amasar y hacer el lefty yo te acompaño.
Enseguida Fátima fue a por la gassa, el agua templada y la harina (hoy la ayuda humanitaria había repartido suficiente y la alegría era de color blanco).
La abuela puso la harina, hizo un hueco y empezó a remover con aquellas manos llenas de experiencia.
A Fátima le encantaba introducir sus pequeñas manos y remover hasta que la masa quedaba suave. Ahora la abuela, con aquella calma y movimientos lentos, cubría la masa y la dejaban reposar. Juntas formaban bolas y ella miraba e imitaba a la abuela con aquellos movimientos tan sutiles y efectivos. Como jugando, formaban esos círculos planos casi perfectos que acababan en las ascuas para su cocción. Cuando el pan estaba dorado, el olor inundaba la jaima. A Fátima le encantaba aquel primer bocado bien caliente y la sonrisa de ambas se fundían en la mirada.
Por la tarde, aunque era mayo, las condiciones climáticas eran extremas y el siroco arreciaba y levantaba el polvo, dándole un color anaranjado al día. Juntas, cogidas de la mano atravesaban la hamada, mientras la abuela iba contando a la nieta cuando ella había llegado hace cincuenta años con su familia y los recuerdos de aquellos días tristes del éxodo. Fátima le preguntaba con ansiedad para cuando volverían a disfrutar de las aguas del mar y de las sombras de las acacias.
Por fin, sus pasos las llevaron al jardín-nido del Bubisher, donde al llegar, la niña cogía su libro preferido, se sumergía en él y lo leía susurrando al oído de la abuela; sus cómplices sonrisas volvían a fundirse. Ella cerraba los ojos y sentía con especial orgullo como su nieta había aprendido a leer, oportunidad que ella no tuvo y en ese momento supo que su nieta era parte del futuro de su pueblo.
¡Viva el Sáhara libre!
M.J. Irigaray






