
Imagínese que está usted sentado en su casa, imagínese la cabra y el viento, el mar. Las palmeras que ve desde su ventana entre las cúpulas blancas, como corderos recién paridos, resplandeciendo al sol de la plaza de España. Imagínese el sol, la sal, las rosas de Jericó entre las pisadas de los enamorados. El barullo de voces en el bazar: hasanía, español, pájaros. Los gritos de los niños que corren entre las olas, y el estruendo de las olas, la espuma hirviente de las olas. Y de pronto, ellos. Venidos de lejos, enarbolando banderas, a pie y en camiones. Trescientos, quinientos, mil, trescientos mil. Rezan y gritan consignas. Imagínese que hay militares y que entran en su casa y llevan fusiles. Imagínese la fila de hombres y mujeres, las huellas de sus pies en la arena, camino del exilio. Y esa arena, toda la arena, nada más que arena. Imagínese una moneda al rojo vivo, imagínese el sol, los labios de arena otra vez y la frente de arena. Y usted está ahí, ya no está en ningún otro lugar. Imagíneselo. Ahora eche cincuenta y un años. Entiérrelo todo, entrégueselo al olvido. Y espere.
Mónica Rodríguez






