
Después de escuchar al presidente del Gobierno explicar lo ocurrido en Ceuta, uno empieza a preguntarse si realmente hemos asistido a una crisis fronteriza o simplemente a un extraordinario episodio de magia digital.
Porque, según el relato oficial, Marruecos no tuvo nada que ver.
Nada.
Ni una orden. Ni una instrucción. Ni una negligencia deliberada. Ni una frontera deliberadamente relajada.
Nada.
Al parecer, decenas de miles de personas, unas 70.000, según las cifras manejada, llegaron hasta Ceuta porque las redes sociales hicieron de las suyas.
¡Que insulto a la inteligencia humana!
Puede que las redes sociales hayan abierto la frontera. Puede que Instagram, TikTok o Facebook hayan conseguido algo que durante décadas no han conseguido ni los diplomáticos ni los gobiernos: convencer a miles y miles de personas para que se dirigieran simultáneamente hacia una misma frontera.
Puede incluso que algún hacker especialmente competente haya penetrado en los sistemas de seguridad marroquíes, haya hechizado a los agentes fronterizos y les haya susurrado al oído:
—Dejadlos pasar. Son muchos, pero vienen de Internet.
También cabe la posibilidad de que haya sido una sofisticadísima operación de inteligencia internacional.
¿Rusia? ¿Israel? ¿La ultraderecha internacional? ¿Una combinación de todos ellos?
Y puestos a buscar responsables, tampoco deberíamos descartar al Bubisher.
Sí, al Bubisher: ahora que está a punto de comenzar el curso escolar y sus bibliotecas vuelven a llenarse de niños, libros y lectores, quizá alguien termine descubriendo en sus estanterías otra pieza de esta misteriosa trama internacional.
¿Y si los libros fueran el verdadero instrumento de desestabilización?
¿Y si esos cuentos y novelas hubieran conseguido lo que no lograron los hackers, Rusia, Israel ni las redes sociales?
Naturalmente, es una broma. El Bubisher no hace otra cosa que llevar libros, lectura e imaginación a los niños saharauis. Pero puestos a construir explicaciones megas, inverosímiles para lo que ocurre ante nuestros ojos, cualquier cosa parece posible.
Y quizá ahí esté la verdadera ironía: que mientras unos buscan conspiraciones en todas partes, otros simplemente se empeñan en que los niños lean.
Y, puestos a buscar responsables, ¿por qué no el Frente POLISARIO?
Total, ya puestos…
Lo verdaderamente extraordinario no es que miles de personas hayan cruzado una frontera. Lo extraordinario es que, aparentemente, nadie que controlaba aquella frontera se haya enterado de nada.
Y eso me lleva inevitablemente al Sáhara Occidental.
Porque aquí ya hemos visto esta película. Cuando España abandonó el Sáhara, cuando se produjo la ocupación marroquí y cuando comenzó el largo drama de un pueblo expulsado de una parte de su territorio y sometido en otra a una ocupación que dura ya más de medio siglo, también aparecieron explicaciones, silencios, responsabilidades desplazadas y realidades que parecían evaporarse en los discursos oficiales.
Por eso la comparación resulta inevitable.
Si aceptamos que en Ceuta 70.000 personas pueden llegar hasta una frontera internacional sin que el país que controla esa frontera tenga responsabilidad alguna, entonces tendríamos que aceptar también que en el Sáhara Occidental las cosas ocurrieron prácticamente por generación espontánea.
Quizá la Marcha Verde también fue cosa de las redes sociales.
Quizá los más de tres cientos de miles de marroquíes que participaron recibieron un WhatsApp colectivo.
Quizá algún hacker consiguió abrir la frontera del Sáhara.
Quizá las tropas marroquíes aparecieron allí por accidente.
Quizá España tampoco abandonó realmente el territorio.
Quizá todo aquello fue un sueño.
Y quizá, después de despertarnos, descubrimos que Marruecos estaba allí por pura casualidad.
El problema de estos relatos no es solamente que puedan resultar difíciles de creer.
El problema es que, cuando se convierten en explicación oficial, la realidad acaba teniendo que adaptarse al relato y no el relato a la realidad.
Y hay algo todavía más preocupante. Cuando un Estado controla una frontera, resulta bastante difícil explicar que una entrada masiva de decenas de miles de personas no tenga absolutamente nada que ver con quien controla esa frontera.
De la misma manera, cuando un Estado ocupa militarmente un territorio, resulta bastante difícil explicar la situación de ese territorio prescindiendo precisamente de quien lo ocupa.
Por eso convendría aplicar a Ceuta la misma lógica que durante décadas se ha aplicado al Sáhara:
No mirar solamente quién cruza la frontera, sino quién tiene capacidad para abrirla, cerrarla, vigilarla o dejarla abierta.
Porque las redes sociales pueden difundir rumores. Los hackers pueden hacer muchas cosas.
Rusia puede intervenir en campañas de desinformación.
Israel puede ser acusado o negar las acusaciones. La ultraderecha puede manipular. El Bubisher puede seguir llenando sus bibliotecas de niños y libros.
Y hasta el Frente POLISARIO puede convertirse, con un poco de imaginación, en sospechoso universal. Pero en este caso hay una pregunta muy sencilla:
¿Quién controla la frontera?
Esa pregunta sirve para Ceuta.
Y también sirve para el Sáhara Occidental. Y quizá por eso resulta tan incómoda para el estado español; pero en especial para decenas de políticos españoles que se codean a nivel personal con el Majzén.
Porque cuando una explicación necesita cada vez más hackers, rusos, israelíes, redes sociales y conspiraciones para explicar lo que ocurre delante de nuestros ojos, quizá haya llegado el momento de recuperar una vieja y saludable costumbre:
Mirar la realidad antes de escuchar el relato.
B.Lehdad






