
La bicicleta es un juguete y un medio de transporte. También sirve para hacer deporte y disputar una carrera ciclista. Pero eso es otro cantar. Como juguete ha sido desde siempre más objeto de deseo que posibilidad real. Todos los chicos de mi generación soñábamos con tener una bicicleta como se guarda la ilusión de poseer un instrumento mágico, un aparato capaz de suscitar un disfrute sin fin. Al pedalear impulsas con tus pies una máquina que se mueve y avanza y corre a toda velocidad. Es lo que hacen los niños de la foto. Divertirse a sus anchas con un juguete tan simple como las infinitas posibilidades que permite la imaginación de ir más allá. Siempre más allá del desierto que es arena y viento y muro del que ojalá pudieras escapar como hizo por los cielos ET., aquel extraterrestre de película.
Así, el juguete y el medio de transporte se funden en esa bicicleta que Fernando Fernán-Gómez asoció con el verano en una obra -de teatro y cinematográfica- memorable. La frase final de la obra exclama “Sabe Dios cuándo habrá otro verano”, aludiendo a aquel tiempo propicio para la libertad y la alegría anterior a la guerra que arrasó con todo. Un tiempo para la huida de los sufrimientos pasados y de los pesares que aún están por venir. Las bicicletas son para un presente continuo, para ese verano imaginario de libertad y alegría y huida con el que sueñan nuestros chicos y chicas de los campamentos del Sáhara.
Marcelo Matas de Álvaro






