
Un niño, un lápiz y un papel. Concentración, paz y serenidad. En esta imagen no hay ruido; es más, no puede haberlo. Aquí las pantallas no existen.
Contemplamos una escena que parece rescatada de antaño, de los viejos tiempos analógicos. Que algo así ocurra hoy se siente casi como un milagro. Su propio cuerpo parece dictarlo: Ahora estoy aquí escribiendo, y solo eso. Lo demás ha dejado de importar.
Eso es la concentración pura. Algo profundamente parecido a la felicidad. Algo que pertenece, por derecho propio, a la patria de la infancia.
A veces los refugios más grandes se construyen gracias a los materiales más simples: un niño con su lápiz escribiendo una frase o dibujando, y recordándonos la simplicidad del mundo y de este proyecto.
Liman Boisha






