VUELVE A MÍ

Lo lanzo con todas mis fuerzas, vuela por sobre la arena describiendo caprichosas elipses, surca rápido los cielos mientras yo sigo su trayectoria con mi mirada y luego espero con ansiedad que llegue a su destino para que me sea devuelto en idéntica operación.

Y así una y otra vez, una y otra vez.

A menudo pienso que es como un platillo volante y me río solo visualizando su nombre, platillo, e imaginando un cielo lleno de platillos cruzándose en su trayectoria para llegar a mil destinos que se convierten rápidamente en punto de salida para otros mil vuelos. Y veo mi sonrisa instalada también en las caras de mis amigas y amigos al haber convertido el patio de la escuela en una galaxia de platillos multicolores y juguetones. Alguno fantasea con colocarles unas cintas y convertirlos en cometas interestelares que se dirigen a Andrómeda, a otro le gusta jugar con las sombras que proyectan en la arena y quiere ver una lluvia de balones caídos del firmamento. Yo estoy convencida de que dentro del platillo hay un pequeño bubisher que es en el fondo quien lo dirige, quien hace que suba y baje y no le deja quedarse colgado en los tejados. El otro día se lo conté a mi amiga y se rio de mí; me da igual, tal vez ella no lo vea, pero yo estoy convencida de que no es un platillo el que vuela. El que vuela es el bubisher y es él el que nos trae sonrisas, juegos, sueños…

Y así me paso muchas tardes riendo, jugando, saltando, imaginando, soñando…

Javier Bonet

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