
Nací en El Aaiún (Sáhara Occidental) cuando era la provincia 53 de España y vi su aeropuerto por última vez con siete años, cuando cambiaron el destino de mi padre, militar, de la Policía Territorial a un regimiento de Las Palmas. Mis recuerdos son los de una pequeña que empezó a ir al colegio con niños saharauis, canarios y algunos, muy pocos, que venían de “la Península”, como solíamos llamar a aquel territorio que estaba tan lejos, donde vivía mi abuela. En las clases, solo nos separábamos a la hora de estudiar religión, cuando nos dividíamos con bastante naturalidad y un poco de pena en dos grupos, deseando que pasara aquel rato para volver a estar juntos y para que, antes de salir al recreo, los profesores repartieran con suma diligencia la leche y el cacao que llegaban en cajas, cada día, a la puerta del aula.
A nuestra edad, creo que ninguno se preocupaba demasiado del motivo de aquella medida distribución diaria, aunque nos impacientábamos porque el proceso no se prolongara demasiado para no perder el tiempo de juegos. Mis compañeros conseguían contagiarme la emoción de aquel reparto, aunque la verdad es que la leche no me gustaba y me pesaba un poco el secreto que mi madre, una de las maestras, me había compartido al preguntarla: que aquel ritual se debía a que el gobierno solo mandaba leche para los alumnos saharauis. Pero los profesores no sabían quiénes habrían desayunado en casa y quiénes no, antes de venir a la escuela, así que habían decicido distribuir por igual las provisiones que llegasen entre quienes acudiéramos al colegio cada mañana. Propuse a mi madre no tomar yo la leche y dejarla para otro; ella me respondió que todos los niños éramos exactamente iguales, y que en ningún caso iba a hacer una excepción conmigo. Debía tomar leche, como todos, apreciarla más, si cabe -yo sabía que era un regalo de mis compañeros- y no preocuparme porque algún día no fuera a ser suficiente. La leche no llegó a gustarme nunca pero, aún así, aquel secreto, junto a las risas en el patio, la energía de unos niños que corrían muchísimo – quitándose siempre, antes de empezar la carrera, las babuchas o zapatillas que llevaran- y los largos abrazos que me daban, me hicieron sentir siempre un enorme agradecimiento hacia mis compañeros saharauis. Mi madre me enseñó que aquellos abrazos eran especiales. También aprendí que los gobiernos hacen cosas que resultan incomprensibles para sus ciudadanos.
Todo aquello ocurría en unas aulas que recuerdo bastante parecidas a las de las bibliotecas Bubisher de Smara y Bojador, que he conocido en las vacaciones de pascua pasadas. Las mismas sillas y mesas (o unas parecidas), la sombra dentro, frente a la luz cegadora fuera, y la arena colándose por las ventanas y las rendijas. Cincuenta y seis años después de salir de El Aaiún, he vuelto al Sáhara, esta vez a los campamentos de refugiados en Tinduf (Argelia). He viajado con mi hermano mayor, Emilio -quien me llevaba, de pequeña, sobre sus hombros, a Villodre, la única librería que había en El Aaaiún, para “ver si había novedades”, como él decía, siempre esperanzado aunque casi nunca las hubiera-, con Josito, Malena, Ana y Noemí. Y con otros grupos de voluntarios y familias que viajaban a ver a las de los niños que conviven en verano con las suyas, en España, donde les ofrecen unas vacaciones en paz, como las nuestras. Me ha resultado sumamente gratificante ver a mi alrededor tanta generosidad. Y me ha impresionado profundamente volver a sentir quellos abrazos alegres, largos y espontáneos en las mañanas y las tardes que hemos compartido con los pequeños saharauis en Bubisher. Después de la lectura del cuento de “Zappar a la orilla del mar” en el kamishibai de la biblioteca, cuando acabábamos de sacar punta a una montaña de lápices de colores, al “ganar” el campeonato de pesca o cuando, con poco criterio, les respondía que sí se podían llevar a casa una de las marionetas de Malena.
Después de cantar, antes de correr -sin zapatos, por supuesto-, o cuando tomábamos juntos una barrita de cereales, siempre, en cada oportunidad, te regalaban un abrazo.
Soy socia de Bubisher desde hace años pero nunca había tenido ocasión de ver el impacto que tiene en las wilayas, sobre el terreno. lo que hacemos, como asociación. He podido sentir el respeto que tiene Bubisher entre los mayores -no era raro que alguien se llevara la mano al corazón cuando comentabas que formabas parte de los “bubisheris”-, el apoyo que supone para las personas que trabajan para la asociación -bibliotecarias, guardas, conductores- y he vivido la importancia que tiene para los niños saharauis tener cerca, en su wilaya, un espacio de calma, sombra y lectura al que poder llegar caminando desde casa, protegiéndose del siroco con un paraguas diminuto. Me lo han dicho los abrazos de Lima, de Fatima y de Amina. Eran como los que recuerdo de mi infancia, de mi pequeña amiga Mireia Chej. Me han recordado que mi madre tenía razón al decirme que aquellos niños y sus abrazos eran únicos, que ellos compartían todo lo que tenían y que yo debía sentirme agradecida.
Elena Sánchez Blanco






