CUENTOS PARA CREAR UNA NUEVA BIBLIOTECA EN LOS CAMPAMENTOS SAHARAUIS

Ilustración de Ester García para el libro ‘Arena y agua’.

Niños españoles y saharauis fueron inventándose las historias, bajo la atenta mirada de toda una experta en literatura infantil, Mónica Rodríguez. El resultado: un precioso libro con dos cuentos, en español y árabe, titulado ‘Arena y agua’, cuyos beneficios van destinados a crear una quinta biblioteca en los campamentos saharauis dentro del Proyecto Bubisher, que lleva libros allí donde apenas tienen nada.

Puede parecer difícil encontrar un mínimo común entre todas las niñas y niños del planeta. Pero si digo arena y agua, no encontrarás una sola niña o un solo niño que no hayan jugado con estos dos elementos para conocer y explorar lo más inmediato. Otra cosa distinta es el valor que cada peque del planeta les otorgue. Las niñas y niños asfaltados apenas ven arena a su alrededor, viven rodeados de hormigón y de parques enmoquetados con caucho para evitarles golpes… Apenas saben lo que es. Sobre el agua, no le dan valor a que salga limpia y abundante por un grifo a cualquier hora del día o de la noche; además, viven rodeados de adultos que, cuando llueve, sólo se les ocurre decir “vaya día más malo ha salido hoy” y empiezan a cancelar planes.

En cambio, hay otras niñas y niños en el planeta que a estos dos elementos les otorgan valores muy distintos. Niñas y niños que viven rodeados de arena, una arena que es su hogar, y cuya vida y futuro giran en torno al hecho de si habrá o no agua. Niñas y niños que viven deseando ver aparecer por sus campamentos un bubisher, un pequeño pájaro blanco y negro del desierto. Su llegada anuncia buenas noticias, entre ellas, la llegada de lluvias. Y precisamente Bubisher es el nombre del proyecto que lleva cultura a los campamentos saharauis, en la parte más inhóspita del Sáhara, a través de una red de bibliotecas y bibliobuses que se puso en marcha en 2008.

Ahora quieren abrir allí la quinta biblioteca. Para ello han implicado a Mónica Rodríguez, una escritora que no para de acumular premios relacionados con la literatura infantil y juvenil. Y de esa colaboración ha surgido Arena y Agua, junto a la ilustradora Ester García. Se trata de un libro compuesto por dos cuentos, escritos con decenas de voces de niñas y niños madrileños y saharauis en castellano y árabe. Todos los beneficios de su venta irán destinados a construir esa quinta biblioteca.

Hemos hablado con Mónica Rodríguez para que nos dé más detalles de este nuevo proyecto Bubisher.

¿Qué es ‘Arena y agua’?

Uno de los proyectos más bonitos que puede haber. Es llevar cultura, llevar libros, llevar ventanas, llevar horizontes a un sitio donde no hay nada de nada. Una cosa muy bonita del Proyecto Bubisher es que, aunque el proyecto nace aquí y desde aquí se consiguen los fondos para pagar los sueldos y para dotar a las bibliotecas, es un proyecto saharaui, es un proyecto de ellos. Un proyecto que han asumido ellos, porque ellos son los que van a las bibliotecas, y las han convertido en el centro cultural de los campamentos. Alrededor de esa biblioteca se hacen muchas cosas. Es el sitio que más gusta dentro de los campamentos.

¿Cómo te llegó este proyecto?

Yo conocí el Bubisher a través de Gonzalo Moure, que es un poco el padre del proyecto junto a Ricardo Gómez y otros escritores. Fue él quien inició el proyecto con los niños de un colegio en Galicia, cuando les habló de cómo se vivía en los campamentos de refugiados. Que los adultos y niños allí no tienen de nada, ni siquiera libros. Entonces un niño levantó la mano y sugirió: “Y si no tienen libros, ¿por qué no se los llevamos nosotros?”. Gonzalo recogió esa idea y así nació el proyecto; y yo, al ser amiga de Gonzalo desde hace muchos años, conocí el proyecto a través de él.

Ilustración de Ester García.

¿Qué es lo primero que te llega?, ¿qué es lo que te piden a ti como escritora?

Estuve mucho tiempo en contacto con el proyecto a través de Gonzalo y yendo a las asambleas y muy en contacto también con el pueblo saharaui, porque nosotros tuvimos una niña, Amaina, a través del Programa Vacaciones en Paz. Estuvo tres veranos con nosotros. Al principio, dentro de Bubisher simplemente era una socia más, iba a las reuniones, si había que hacer alguna cosita, se hacía, pero muy poca cosa. Pero cada vez me fui implicando más, también por mi implicación emocional con Amaina. Después de que Gonzalo hiciera el libro Niño de luz de plata, me pidió que por qué no intentaba hacer un libro como el suyo, que naciera de los niños y que sirviera para construir la quinta biblioteca. El proyecto ya cuenta con cuatro bibliotecas fijas en diferentes campamentos, solo faltaba en un campamento, que es precisamente donde vive Amaina. Con lo cual, para mí había mayor implicación. Así que decidí hacer algo muy parecido a lo que estaba haciendo Gonzalo, pero, en vez de solo con niños saharauis, implicar a los niños españoles. Así nacieron estos dos cuentos; además, al involucrarse mis hijas, el proyecto me resulta aun más bonito. Ellas también son parte del proyecto. Con ellas fui al desierto en busca de la parte saharaui del cuento.

¿Cómo lo viven los niños españoles y los niños saharauis?

Fueron muy bonitas las dos experiencias, y en parte muy diferentes. De los niños españoles participaron dos cursos de sexto. Estuve con ellos varios días hablándoles del proyecto, de la historia del Sáhara, de por qué están viviendo en los campamentos de refugiados, haciéndoles ver que los españoles en parte somos responsables de su situación. Y luego leímos El niño de luz de plata. Además, había un niño sirio que les leía en árabe. A partir de ahí, les propuse que escribieran una historia partiendo de la frase “Un día el viento trajo una duna a la ciudad”. Y así empezamos. La verdad es que al principio estaban muy emocionados con la historia, pero les costaba arrancar, éramos muchos, íbamos poniendo ideas; el cuento salió precioso, pero tardamos bastante en construirlo.

Por otro lado, escribieron cartas a los niños saharauis, porque sabían que íbamos a ir nosotras con ese cuento a verles. Y cuando fui al Sáhara con mis dos hijas pequeñas, Paula y Lucía, les leímos las cartas y les grabamos vídeos contestándolas. Luego, con un grupo de niños de un equipo de fútbol, les leímos el cuento y les pedimos que hicieran el suyo a partir de la frase “Un día el viento trajo un pedazo de mar al desierto”. Ellos fueron mucho más rápidos haciendo la historia; desde el principio fue una historia más poética, con unas imágenes muy poderosas. A los niños españoles les costó más entrar en la historia, porque de pronto uno decía “ahora baja un extraterrestre” y se despistaban de lo que estábamos haciendo.

¿Están los niños españoles más contaminados por diferentes estímulos, ya sea internet, ya sea la tele, los móviles; y también por falta de tradición oral, a la que cada vez recurrimos menos?

Yo creo que sí. Me sorprendió mucho esa diferencia. Es verdad que aquí salió fenomenal, pero costó más trabajo. Allí tenían muy claro cuál era la historia y cuáles los elementos poéticos que podían ir encajando.

¿Qué piensan los niños españoles de los niños saharauis y los niños saharauis de los niños españoles? ¿Qué imágenes les vienen?

Lo primero que sienten es un poco de compasión, como viven en campos de refugiados y no tienen de nada. Luego mis propias hijas se sorprendieron, porque es verdad que no tienen absolutamente de nada, pero ven que son felices. No les hacen falta grandes cosas. Cuando les cuentas que son niños como ellos, ya empiezan a empatizar; para eso yo creo que sirvieron mucho las cartas, donde les hacían preguntas del tipo ¿vais al colegio? A la hora de responder los niños saharauis a las cartas, se dieron cuenta de que sus gustos eran los mismos. A la pregunta ¿qué queréis ser de mayores?, contestaban las mismas cosas que los niños de aquí. La diferencia es que los niños de allí no pueden llegar a serlo… Pero sueños tienen los mismos.

Ilustración de Ester García.

¿Cómo vivieron tus hijas la experiencia?

Para ellas fue algo estupendo; quieren volver, pero no solo quieren volver al Sáhara sino al Bubisher, a la biblioteca. Para ellas y para mí fue una experiencia inolvidable, porque estábamos juntas, estuvimos con Amaina, ellas se sentían protagonistas de toda esta historia y aprendieron muchísimo de la diferencia del estilo de vida, de poder vivir sin nada, de ver otra cultura distinta. Lo que para nosotros es importante, para ellos no.

El fin del libro es hacer una quinta biblioteca allí, ¿qué básicos tiene que tener una biblioteca?

Yo ahí no soy una experta, hay muchas bibliotecarias que están metidas dentro del proyecto y ellas son las encargadas de realizar la selección. No son solo bibliotecas para niños, sino que son bibliotecas también para adultos. Se empezó haciendo una buena colección de literatura infantil, desde álbum hasta novela juvenil y algo de adulto en español, y ahora se están abriendo al árabe. Porque no todos hablan bien el castellano, idioma que cada día se está perdiendo más.

¿Y qué te ha supuesto a ti como persona, como escritora?

A mí me ha dado mucho, me ha enseñado mucho. Primero, la capacidad que tienen los niños para imaginarse historias, el poder que tienen y su mirada poética. Muchas veces se nos olvida, pero ellos tienen una capacidad enorme de lo simbólico, de lo poético, y desde luego me impresionó mucho cómo nacieron estas dos historias, cómo las construyeron. Yo iba con una libreta anotando. Eso sí, cuando alguien decía “ahora llega la bomba y mueren todos” me tocaba, claro, mediar y reconducir el proceso.

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