Leyuad en el corazón de París

¿Quién no se ha sentido fascinado, en algún momento de su vida, por una ciudad? Grande o pequeña. Fascinado por su historia, arquitectura, por sus encantos y sus misterios. O porque esa ciudad es todo un personaje real y a la vez literario. No cabe duda de que Paris es una de esas ciudades. Por tantos acontecimientos que albergó en su seno. Como la revolución de 1897 y todo lo que significó. ¿Quién no ha querido ir al lugar donde han vivido pensadores y filósofos de la Ilustración como Montesquieu Voltaire o Diderot y otros que destacaron en el Siglo de las Luces y en siglos posteriores?

¿Qué lector o lectora no ha querido viajar para ver si queda algo de los escenarios del Paris de Víctor Hugo, Balzac, Dumas o Zola? El Paris de Camus, de Simone de Beauvoir y tantos y tan grandes escritores. Hombres y mujeres. Franceses o extranjeros, como Cortázar, Henry Miller, Carpentier o Heminguay.

París era una fiesta para muchos de ellos como escribió el autor de El viejo y el mar, pero también era miseria, sufrimiento y búsqueda de trabajo y futuro digno para muchos otros escritores o simples migrantes. Aunque solo sea por la herencia literaria que dejaron tan grandes escritores y pensadores vale la pena visitar a Paris. Sin desmerecer su historia, su arquitectura, sus museos, sus bulevares y su vida social, cultural y deportiva.

Cuando me invitaron para ir a presentar la película Leyuad, me pareció una excelente oportunidad para recorrer algunos de esos lugares emblemáticos, que ya había recorrido gracias a los libros, y al mismo tiempo, intentar sembrar un trocito del alma de la cultura saharaui en el corazón de la Ciudad de la Luz.

La tarde del domingo de mi llegada a Paris era primaveral y agradable. El cielo azul y con pocas nubes. Una agradable brisa nos dio la bienvenida. Madrid, de donde venía, era todo lo contrario: lluvia y frío como no se recuerda hace años.

En el aeropuerto Charles de Gaulle me recogió el editor Alexis Dedieu. Llegó en su pequeño coche. Un Peugeot de más de treinta años. Pequeño y viejo, pero duro como un muro de piedra. Curiosamente la última vez que vi a Alexis fue hace un año en Lyon, cuando me dejó en otro aeropuerto después de presentar la antología bilingüe de poesía saharaui contemporánea: Generación de la amistad.

No pensé que aquel cochecito de color amarillo iba a aguantar más de un año. Pero ahí estaba circulando a todo gas por las autopistas de la capital francesa.

En las calles había muchos transeúntes, los cafés estaban repletos de gente. Los mismos cafés parisinos que había en las páginas de la literatura o en las pantallas del cine. Algunos seguían igual. Inmutables.

Mis anfitriones y amigos Mick, la traductora al francés de Les rites de la tente y su marido Roby, me llevaron a conocer algo de Paris. Porque para ver todo lo interesante que alberga aquella enorme urbe se necesitarían meses. En una ciudad sin rascacielos, no es extraño que destaque tanto la Dama de Hierro como algunos la llaman. Cuando se levantó tuvo muchos detractores, protestas. Terribles críticas recibió el arquitecto Eiffel, pero aguantó el chaparrón. Y lo resistió también aquella mole de acero y hierro, que estaba más cerca del espíritu obrero que de la exquisitez de Versalles.

Hay una cita de Borges que dice: Me sabe a cuento/que se fundase Buenos Aires/La juzgo tan eterna/Como el mar y el viento/. Me imagino que los parisinos también juzgan su Torre  eterna como el mar y el viento.

Un conglomerado de museos flanquea a la Torre Eiffel: los jardines del Trocadero, el museo de Japón, el Museo du Quai Branly dedicado a África, Asia y América. La Escuela militar, Los Campos de Marte.

Mick me leyó leyendas escritas en las paredes de los museos que flanquean a la torre, pero lamentablemente no los he podido memorizar. Y Roby me dijo que sería interesante grabar con una cámara oculta todos los gestos que hacen los turistas delante de la torre Eiffel. Algunos parecen que llegan allí con la instantánea ya ensayada. Sonríen y colocan sus manos en el aire para que en la foto aparezca la Torre entre sus manos. O mordiendo una pieza de ella. Algunas parejas se inmortalizan besándola. Un documental podría enseñarnos cómo la gente adora la torre más famosa del mundo. ¿Acaso la Torre Eiffel no es un altar del amor para muchas parejas?

De allí fuimos al rio Sena. Cuando llegamos ya era de noche, y toda la ciudad estaba iluminada, incluso desde lejos se veía la torre Eiffel proyectando su luz como un faro. Pasamos delante de la Torre de Temple donde fue encarcelada la familia real francesa. Desde esa fortaleza Luis XVI fue llevado a la guillotina y meses después la reina María Antonieta corrió la misma suerte. Nuestra siguiente parada fue el Barrio Latino, del que ya no queda nada, al menos visible, de todo lo que significó para la pléyade de escritores latinoamericanos. Caminamos hasta el Bulevar de Saint-Germain, un lugar emblemático de Mayo del 68. Finalizamos el recorrido delante del famoso cabaret parisino Mouline Rouge (Molino Rojo). Dicen que en su inicio era un lugar al que llevaban obligadas las muchachas pobres que limpiaban la ropa cerca de ahí. Las llevaban para bailar y animar a la muchedumbre que iban a beber y pasarlo bien.

Volviendo al tema que nos ocupa, el día siguiente estrenamos la película Leyuad en el Instituto Nacional de Lenguas y Culturas Orientales (INCALCO). Después de la proyección de la película, hubo un debate interesante con un público variopinto de estudiantes, cinéfilos y especialistas en traducción y literatura. Hubo un debate interesante sobre la poesía, los entresijos del guión, los actores y hasta el montaje y la edición.

La película fue como una introducción para hacer una presentación improvisada de Les Rites de la tente (Ritos de jaima) que, como el filme, tuvo una buena acogida por el público. Fue un momento oportuno, justo cuando el tema de los acuerdos de pesca entre Unión Europa y Marruecos estaban en primera plana de la actualidad del país galo.

 

Limam Boisha.

 

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