HORIZONTE DE ARENA

AMORES CUMPLIDOS

Fernando Llorente

No son pocos los libros que, con el pueblo saharaui, su historia y su cultura, como centro de atención, se han venido publicando a lo largo de un tiempo ya dilatado. Por muchos que sean, y vayan a seguir siendo, todos son, no solo convenientes, sino también necesarios. Con ellos, como cada vez que se les recuerda en voz alta, se da cumplimiento a la, si no única, sí principal petición, que hace a las sociedades civiles un pueblo, que tiene en el silencio, al que está sometida su existencia, un enemigo más dañino que el hambre y el refugio en tierra extraña. Un pueblo que viene siendo negado desde hace 42 años, después de haber sido invadida y ocupada su tierra, perseguidos, encarcelados, torturados, muertos y desaparecidos miles de sus legítimos dueños, y sus recursos expoliados. Un pueblo, que resistió a un éxodo trágico a través de un desierto bombardeado y minado. Un pueblo que resistió a una guerra contra los ejércitos invasores y ocupantes marroquíes, durante 15 años. Un pueblo, que resiste a un estado de terror en sus ciudades ocupadas del Sahara Occidental. Un pueblo, que resiste a un refugio en campamentos, instalados en la hammada argelina, la parcela más dura e inclemente del desierto del Sahara, en los que acosan el hambre y la enfermedad. Pero un pueblo, al que no le sería fácil resistir, dicen, al silencio, que le condenaría a un olvido, a un exilio definitivo, a su expulsión a las afueras de la Historia. Un final así es el que querrían para el pueblo saharaui los gobiernos de la llamada Comunidad internacional. Ellos son responsables, bajo la culpabilidad de un gobierno de España, el último de la dictadura franquista, y sus herederos, los sucesivos gobiernos de la democracia española, que se obstinan en el incumplimiento de la legislación internacional en materia de descolonización para Territorios No Autónomos, como es el caso del Sahara Occidental, que fue colonia española durante casi 100 años. Unos gobiernos que se dicen garantes de la libertad y respetuosos con los Derechos Humanos, cuyas responsabilidades se amalgaman en la ONU, que no sabe hacer cumplir la ley. O no quiere. O no la dejan, por lo que su papel es el de servir de coartada a los incumplimientos de los países que la integran.

De invasión, de ocupación, de abandono, de traición, de éxodo, de guerra, de terror, de refugio, de incumplimientos, con el pueblo saharaui como víctima de todo ello, es de lo que escribe Eduardo Jordán en “Horizonte de arena”. Y también de amor. No es la primera vez que el autor pone su pluma al servicio de unas voces y unos hechos, que forman parte de una historia de la que España fue, primero protagonista y, al final, antagonista, y que quienes controlan los medios de comunicación acallan. Ya en 2004 publicó “Atrapados en Tinduf”, un libro, en el que se puso de manifiesto la cercanía, física y emocional, de Eduardo con un pueblo que ama su tierra arrebatada, no solo porque ha sido violentamente expulsado de ella, sino, y sobre todo, porque es el corazón que palpita en sus pechos, ese corazón que se nombra –galb- como las montañas que se alzan en su desierto. Ese corazón que habla en las voces de sus poetas con palabras de amor, que alientan su inquebrantable espíritu de resistencia: el lirismo y la mística que transen la cultura saharaui, en general, y su poesía, en particular, se compadecen con una intención militante, combativa, siempre, pues su tierra fue siempre codiciada por países depredadores, pero en especial desde la invasión marroquí, y la huida de España, en 1975. El canto de amor a la tierra robada anima la lucha para recuperarla. El poeta, el narrador oral son los hombres de libro, que mantienen vivo el espíritu de resistencia. Su palabra impulsa la acción revolucionaria de los hombres de fusil, sin perjuicio de que unos y otros puedan ser los mismos.

En “Horizonte de arena”, Eduardo es un, tan inspirado como improvisado “hombre de libro”, que sigue y cuenta los avatares, anímicos y físicos, que se suceden en la existencia del protagonista del relato: un soldado, que atrapado por el amor a la tierra saharaui y a sus gentes, e indignado por el trato que a una y otras les infligen quienes disfrutan de la historia, señores de la guerra y dueños de los recursos de todas las tierras, llega a ser, sin saberlo, un “hombre de fusil, advenido a un mundo ajeno, que no tarda en hacer propio. En él comparte con un pueblo, que llega a tener por suyo, un modo de estar en el mundo que se corresponde con un modo de ser: una ética y una estética reconocibles, dos dimensiones de un solo existir, que es el del pueblo saharaui. La cercanía y las vivencias compartidas inyectaron en las venas del soldado un sentido de la justicia y un amor, que las circunstancias adversas acrecentaban más y más.

Así, pues, “Horizonte de arena” novela la biografía de un militar, en cuya alma se funden dos amores, ambos con nombres propios, que se confunden con el amor a unas gentes y su tierra. Amores correspondidos, los tres. Tres amores distintos y una sola causa verdadera: la del pueblo saharaui. Tres amores con los que Eduardo trenza una narración, para recordar al lector, que la ha olvidado o que se hace el olvidadizo, y para enseñar al lector que no la conoce, la historia reciente del pueblo saharaui. Está el autor pertrechado de una copiosa documentación, bebida en fuentes, tanto orales como escritas, y aliñada con proverbios y leyendas, que son señas de identidad de la sabiduría y sensibilidad saharauis, de sus ser y estar en el mundo. Con ese bagaje, Eduardo acompaña al lector por los avatares históricos, que vive el protagonista de la novela, quien, por narrador interpuesto, los cuenta en primera persona, con tanta precisión en las descripciones de personas, lugares y situaciones, que el lector llega a sentir que “está ahí”. Un personaje, que fue testigo de los acontecimientos previos a la invasión, unos de índole diplomática, acaecidos en las ciudades del Sahara Occidental, y otros, de carácter bélico entre el ejército español y los combatientes del Frente Polisario, en los destacamentos del desierto. El desenlace que esos acontecimientos tuvieron, por obra y desgracia del comportamiento, vergonzoso y vergonzante, del gobierno de España, convirtieron al soldado en protector de mujeres, niños y ancianos durante el éxodo; en combatiente durante la guerra, incorporado a la guerrilla del Frente Polisario; y en colaborador en la organización de los campos de refugiados, levantados en tierra argelina. Acontecimientos, que revive con la misma intensidad que los vivió, y que configuran el entramado emocional del protagonista, cuya identidad, bien predispuesta, adquiere la complejidad de la de quienes comparten amores, todos verdaderos.

Comprobará el lector que, en aras del rigor histórico, por encima de veleidades literarias, Eduardo no duda en desmitificar las relaciones entre la población española y la saharaui en tiempos de la colonia, que no fueron tan idílicas como gustan de transmitir, tanto españoles como saharauis. Tampoco elude los nombres de quienes, en el cumplimiento de sus obligaciones, obediencia debida, actuaron complacidamente, y los de quienes se avinieron contra su propia conciencia. Y los de quienes no las consintieron ni acataron. A estos últimos representa el protagonista de la biografía novelada, al que el amor le puso en la vanguardia de una lucha, que aún hoy continúa. Un amor, que es trasunto del amor del autor, al que ha venido dedicando, desde la retaguardia, buena parte de sus ocupaciones y preocupaciones.

“Horizonte de arena” es un acto de amor más contra el olvido. Eso es lo que pide el pueblo saharaui a sus amigos. Y Eduardo es un amigo, que cumple con el amor que le tiene. Una vez más.

 

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