Reflexiones de un voluntario

Llegué al campamento de Smara de madrugada. En el aeropuerto de Tindouf me esperaba Hassana, con él que fui hasta el Protocolo con su coche. ¿Quién me hubiese dicho a mi que aquel hombre al que en el viaje tuve que arrancarle las palabras para romper el silencio durante el largo trayecto hasta el campamento, resultase un hombre tan inquieto y tan atento todo el rato para que no nos faltase de nada a lo largo de la estancia?.

Me encantó la biblioteca, si la vieses aislada nunca imaginarias que pueda estar dentro de un campo de refugiados, el patio tan limpio, tan bien cuidado. Al entrar en ella, te da la sensación de que ahí adentro muchas cosas pueden ser posibles si lo deseas. Es como un pequeño oasis en medio de polvo, escombros, casas trabajosamente edificadas.

El equipo, Lafdal, Brahim, Kabara, una lección para todos. Gente que pese a todas las dificultades y obstáculos con los que se encuentran no pierden las ganas y la motivación de trabajar con las niñas y los niños, como también con las mujeres. Todos con un potencial enorme que quizá, el día a día de los campos no les da el recorrido suficiente para desplegarlo de una manera plena.

La verdad es que nunca llegaremos a comprender cómo un mundo tan lleno de personas con tantas ganas de vivir y de hacer vivir a los demás esté completamente patas arriba.

Fue muy gratificante ver a las niñas y niños lo bien que se lo pasaban durante las actividades.

Siempre te queda dentro el gusanillo de que hubiésemos podido hacer más cosas aunque, por otra parte, seguramente es lo que suele suceder cuando entras en un sitio que es nuevo para ti. Destacaría del pueblo saharaui su alegría a pesar de su vida tan austera en lo que a material y confort se refiere.

Me sorprendió su conciencia por la causa saharaui, especialmente en los más pequeños . Se lo comenté a una del equipo y me respondió que sí, que ellos son muy conscientes de que son personas refugiadas, de que su país fue y sigue ocupado por Marruecos, y que esperan aún regresar algún día a su casa y ver el mar. Añadió que en generaciones anteriores tenían todavía más acentuada esa conciencia por la causa, pero la entrada del uso de los móviles y de la televisión ha causado merma en ella. Esa reflexión me hizo pensar un poco en nosotras, en nuestra sociedad, y en la merma de esa conciencia y compromiso social , la cuál ya nos viene de mucho más lejos. Sí que es cierto, y sería injusto no reconocerlo que son muchos los españoles que van a hacer voluntariado en el Sáhara, y por supuesto son personas comprometidas pero ¿cuántos proyectos verdaderos de transformación social hemos echado a perder por culpa de la televisión y de programas que nos embotan la mente para pasar a ser una sociedad anestesiada, narcotizada, aséptica incluso?

Sobre ésa conciencia en la causa saharaui destacaría la de una niña. En una de las actividades las niñas y niños dibujaban sus habilidades o lo que les gustaba. A esa niña le gustaba la paz, y su dibujo fue una paloma que lloraba y la lágrima iba a caer encima de una bandera saharaui medio colgada en la arena ¿podéis creerlo?

También hago mención de Marianne y su familia, a cuya casa fuimos algún día a comer una comida deliciosa. Y los niños, fantásticos, el mayor de ellos Badr, de unos cinco años, me enseñaba a contar en árabe… ¡bueno, he aprendido hasta cinco!

Los saharauis son muy integradores, te invitan a su casa, a sentarte, a tomar te, te dan lo que tienen sin mirar si hay un mañana, te dedican su tiempo, se interesan por ti. Recuerdo una frase de un amigo indio: “Hay personas que no tienen nada y dan mucho y las hay que tienen mucho y no te dan ni tan siquiera un poco de su tiempo”.

Por cierto, si algo no falta en el Sáhara es tiempo, algo que tendríamos que traernos a la vuelta para soltar al menos un poco el acelerador.

Que alguien te dedique un poco su tiempo… ¿no te parece bonito?

Josep Pérez

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