HOMENAJE A LA RAMBLA DE CANALETAS

 

 

 

 ( Liman Boisha, Presidente de la asociación Escritores por el Sahara-Bubisher)

Tengo un recuerdo especial de mi estancia en Barcelona, una hermosa ciudad que me acogió con los brazos abiertos durante cinco años. Allí trabajé de vigilante de seguridad en la Rambla de Canaletas y allí conocí a músicos, pintores, “estatuas” humanas; artistas de la calle que eran profesionales de la cultura en sus países. Topmanteros, pedigüeños, ladrones, embaucadores de toda calaña y personas maravillosas de todas partes del mundo, de razas, edades y profesiones.

Uno de los personajes más entrañable de la Rambla de Canaletas era Vicente. Yo le llamaba “Nicolás Guillén”, por el parecido que tenía con el poeta cubano. Cuando le conocí, llevaba dieciocho años en la Rambla. Todos los días estaba en la calle, de nueve de la mañana a nueve de la noche. Iba vestido de manera limpia, se afeitaba y se cortaba el pelo. Traía turistas a algunos hoteles de la Rambla como el Monegal, o el Lloret, y por cada turista que llevaba, le daban una comisión de cinco euros. Vicente hacía mandados, compraba la prensa y la lotería a los camareros de varios restaurantes. Hablaba todas las lenguas del mundo y no hablaba ninguna. Era divertido escucharle contar todo tipo de chistes. Imitaba el acento mejicano y hacía reír a muchos transeúntes.

Cuando se emborrachaba agarraba a un teléfono imaginario y empezaba a hablar con su “dulcinea”:

– ¡Caterina:¡ ¡Caterina¡ ¡Caterinaaaa¡… gritaba hasta cansarse.

Ahora no me imagino la rambla sin él. Y sin él, la rambla es más triste, está más vacía.

Otro personaje era La Flamenca. Ésta se pasaba el día disfrazada de artista del siglo XIX, a pesar de que el vestido lo tenía bastante deteriorado. No se separaba de su carro de la compra, en él llevaba una grabadora, con grandes altavoces. Con su sombrero negro y sus ojos más negros todavía, iba cantando y bailando. Con una mano arrastraba su carro y con la otra extendía el sombrero negro para que los transeúntes le dejaran propinas.

Entre las muchas estatuas humanas que trabajaban en la zona, había dos, uno colombiano y otro de Chequia. En medio de la Rambla se sentaban juntos encima de sus bicis en un eterno gesto, cada uno con su hucha. Cuando un turista dejaba una moneda en la lata del colombiano, el de Chequia se enfadaba, mientras que el otro le daba las gracias, y señalaba con los dedos un gesto de simpatía hacia su compañero. Así, la persona en cuestión se encontraba en una situación embarazosa, y muchas veces terminaba por depositar más monedas en la hucha del segundo, y cuando lo hacía, los dos celebran la “generosidad” chocando sus palmas. Un minuto antes, el que había recibido la moneda se estaba burlando con gestos infantiles y graciosos de su colega. Así actuaban durante todo el día.

Eran una pareja como el “gordo y el flaco”. El colombiano era gordo y flaco, el de Chequia. El colombiano se quejaba, mucho, de lo duro que era estar sentado de sol a sol encima de aquella bicicleta. Me contaba los dolores de la espalda que tenía que aguantar, el lumbago. Todo lo hacía por sus hijos, mientras que el checo me comentaba que tenía que ahorrar para ir un mes a Cancún, y me dijo que había estado una semana en Cuba.

Al finalizar la jornada juntaban el dinero reunido en las dos huchas y lo repartían con justicia entre ambos.

¿Siguen por la Rambla de Canaletas estos personajes? Probablemente, no. Pero el recuerdo de ellos sigue vivo en mi memoria. La Rambla era un inmenso ser humano de miles de cabezas.

 

Gràcies, Barcelona.

 

Limam Boisha

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